Opinión | Cuando los cerros se derrumban 

 

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

 

Después de remover el lodo, y estando a punto de cruzar el derrumbe, la gente de la colonia Santa Cruz, anexo de Agua Tordillo, municipio de Acatepec, nos alertó de que se desprendería otra parte del cerro. Con su gran sensibilidad percibió ruidos y movimientos que fueron acompañados por pequeñas piedrecillas que rodaban desde lo más alto del peñasco. Nos pidieron que nos retiráramos del lugar para evitar cualquier accidente. Fijaron su vista en las grietas y esperaron unos segundos para contemplar cómo los cerros se derrumbaban. El ruido es similar a la de un temblor, por eso las familias saben tomar sus precauciones para alejarse de los taludes.

Fue imposible abrirnos paso ante la lluvia pertinaz que hizo crecer los ríos en tan sólo 20 horas. Las barrancas, con el agua impetuosa arrastraron troncos y piedras, se unieron a los ríos para llevarse todo lo que encontraban a su paso. El río de Caxitepec se desbordó y se llevó el relleno de tierra que se une con el puente. No solo se truncaron los caminos, sino que la incomunicación afectó severamente a los pueblos de la montaña. Solo las velas y los fogones sirvieron para alumbrarnos y calentar el cuerpo. Los postes de luz eran parte del paisaje desolador, donde las milpas y los árboles fueron derrumbados por los ventarrones. Las diminutas casas con techos de cartón y láminas son los únicos refugios donde las familias pobres se medio protegen de la tempestad.

La lluvia complicó todo; impidió que la gente saliera a trabajar a sus parcelas y huertas de café. Los deslaves y el lodo, aparecían por todas partes. Las autoridades comunitarias nada pudieron hacer, porque no había forma de comunicarse, ni de salir a las casas de los vecinos, para saber cómo estaban. Sus radios portátiles fueron el único medio que les permitía saber lo que sucedía en las comunidades vecinas. Solo el fogón pudo reunir a la familia a su alrededor para entibiar las manos y los pies.

La leña al humedecerse producía más humo. A todos nos sacaba las lágrimas al acercarnos para secar nuestra ropa. El fogón parecía enfriarse y amenazaba con apagarse. Una olla de café y varias tortillas salidas del comal acompañadas con salsa de jitomate, saciaron nuestra hambre.

Ante la imposibilidad de avanzar con nuestros vehículos, el delegado municipal nos mostró el gran corazón de la gente sencilla de la montaña. Nos ofreció un lugar para descansar. Ocupamos su cocina y los espacios de su casa para colocar nuestras maletas. Nos instalamos como si fuéramos de la familia. Su esposa y su hija mayor se dispusieron a martajar el nixtamal para sacar la masa y hacer las tortillas. A pesar de la ayuda, nuestro trabajo no se compara con la fuerza y habilidad con que realizan sus actividades domésticas. En pleno domingo, cuando los niños y niñas se disponían a descansar, el delegado y su esposa atizaban el comal para hervir el café y echar las tortillas.

Para las familias de la montaña no hay días ni horas de descanso. La vida es tan inclemente que, para satisfacer cualquier necesidad básica, la gente tiene que invertir mucho tiempo y trabajo. La mayoría de sus satisfactores los obtiene de la madre tierra. La misma comida es fruto de su trabajo. El fuego para la cocción de sus alimentos requiere leña seca que hay que cortar en el bosque. El mismo maíz que es el alimento central de las familias, pasa un proceso laborioso para poder saborear las tortillas. El frijol también se selecciona y se limpia para poder hervirlo. El agua es lo que más abunda, sin embargo, hay que acarrearla porque se carece del servicio de agua potable. Bimestralmente a las familias le llega los recibos de luz, con tarifa de que oscilan de 300 a 600 pesos, sin que, a los funcionarios de la CFE, les importe si no hay luz en las comunidades.

Para dormir, antes hay que barrer el agua que se filtra dentro del pequeño cuarto que no tiene ventilación. Pocas son las familias que tienen suficientes cobijas para protegerse del frío. No hay camas. La mayoría extiende sus petates junto al fogón para que el frio no cale hondo. No todas las casas cuentan con fosas sépticas, mucho menos con alguna regadera. La cubeta de agua y las jícaras son los utensilios para bañarse regularmente con agua fría. Se recolecta el agua de la lluvia para almacenarlas en sus tinacos de plásticos.

El machete, el hacha y la pala son herramientas indispensables para cualquier persona que vive en el campo, no solo se utiliza en las labores de las parcelas, también son muy útiles para abrir los caminos, con el apoyo del pico y la barreta. El trabajo comunitario es una de las prácticas más valiosas y efectivas porque resuelven las principales necesidades del pueblo. El tequio ha levantado las obras más importantes de la comunidad. El trabajo colectivo no sólo transforma el hábitat, sino que también es parte de su cultura y modo de vivir.

Ante el abandono de las autoridades, los habitantes se organizan para hacer frente a las inclemencias del tiempo; auxilian a las personas que corren el riesgo de perder sus casas por las crecientes del río. Comparten los granos que han cosechado con las familias que han perdido todo. Les ayudan a reconstruir sus casas y se solidarizan con los huérfanos y viudas. Hay plena disposición para reparar los caminos y prestar auxilio a los viajeros que se quedaron varados.

Sin su auxilio, la noche se hubiera transformado en una pesadilla. El techo, el alimento y el cuarto para dormir marcaron la diferencia. Una tortilla, una cobija y una taza de café hicieron confortable nuestra estancia, con una familia humilde cuya generosidad no tiene límites. En medio de la precariedad que experimentamos la abundancia, porque el alimento alcanzó para 13 personas más que llegamos de manera imprevista a su casa, mostrando en todo momento un gran interés para atender nuestras necesidades. En lugar de cerrar su puerta, la abrió de par en par y nos compartió sin mezquinidades el alimento sagrado, que es tan escaso en la montaña. Hizo el milagro de multiplicar las tortillas y el café, con personas, que a pesar de ser extrañas, nos dio trato de amigos y amigas.

Esta experiencia que vivimos en la noche del domingo 29 de septiembre, después de participar en el octavo foro de consulta libre, previa e informada sobre la reforma constitucional legal en relación a los derechos de los pueblos indígenas y afromexicano del estado de Guerrero, realizado en Caxitepec municipio de Acatepec, nos mostró, por un lado, la grandeza de las personas que viven en la montaña, y por el otro, la tragedia que enfrentan estas comunidades por el abandono secular y el trato discriminatorio que implementan las autoridades de los tres niveles de gobierno. En esta tormenta tropical Narda, emergieron de nueva cuenta los graves males que se han acumulado en las comunidades indígenas, ante la inacción del gobierno y sus prácticas corruptas, que han dejado en total indefensión a las familias damnificadas.

Siguen sin repararse los puentes vehiculares que desde hace 6 años se dañaron por las tormentas Ingrid y Manuel, dejando incomunicadas varias comunidades de los municipios de Acatepec, Metlatonoc, Malinaltepec, Tlacoapa, Cochoapa el Grande e Iliatenco. Muchas viviendas que sufrieron daños totales siguen sin repararse. El Concejo de Comunidades Damnificadas reportó en su momento más de 4 mil viviendas dañadas parcialmente. Hubo varios dictámenes emitidos por protección civil que plantearon la reubicación de más de 15 comunidades pertenecientes a los municipios de Malinaltepec, Cochoapa el Grande, San Luis Acatlán y Acatepec. Ninguna autoridad quiso asumir la responsabilidad para comprar terrenos y construir nuevas viviendas. Hoy varias de estas comunidades enfrentan los estragos de esta tormenta y sigue con los riesgos, que los cerros se derrumben y destruyan su precario patrimonio. Los cultivos del maíz han sufrido varios embates, primero fueron algunas granizadas, luego varios ventarrones y últimamente la devastación causada por Narda. La precariedad de las siembras afectará severamente las cosechas de maíz y frijol. La pérdida de varios cultivos preludia una crisis alimentaria, que lamentablemente ha sido recurrente, a causa del abandono del gobierno a los pequeños productores. Los caminos son de pésima calidad, no se invierten para darles mantenimiento mucho menos para reparar los tramos de mayor riesgo. Las máquinas solo se reducen abrir paso y a remover la tierra que está sobre el camino, sin atender de fondo las causas de los derrumbes.  Son decenas de comunidades que se encuentran incomunicadas y con afectaciones severas en sus viviendas y cultivos.

Es urgente que se implemente un mecanismo de coordinación entre las diferentes instituciones de gobierno para atender con prontitud esta emergencia. Esperamos que la reunión realizada este martes 2 en la comunidad de El Tejocote, municipio de Malinaltepec, donde estuvo presente Adelfo Regino, director del INPI, Pablo Amílcar Sandoval coordinador de los programas federales, Mario Moreno Arcos Secretario de Desarrollo Social del estado, Javier Taja de CICAEG y Alejandro Bravo de la oficina del gobernador, así como los presidentes municipales de Malinaltepec y Tlacoapa, y la presidenta municipal de Iliatenco, se traduzca en acciones inmediatas y eficaces que den respuestas concretas a las demandas más urgentes de la población damnificada. Ojalá y no se repita la historia de hace 6 años, cuando Rosario Robles fue emplazada por el Concejo de Comunidades Damnificadas para que atendiera prioritariamente a la montaña. Su respuesta fue el desprecio, la burla y el engaño. Lucró con el dolor de la gente pobre e hizo grandes negocios con empresas apadrinadas por Osorio Chong y Peña Nieto.

Sus sueños de grandeza también se derrumbaron.