Opinión | Desde el torbellino del dolor

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

A 59 meses de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, las madres y padres enfrentan las pruebas más difíciles de su lucha. No solo por el desgaste de su salud y por la persistencia de su movimiento, sino porque su corazón se desangra ante la incertidumbre de no saber dónde se encuentran sus hijos. Más allá de que el nuevo gobierno ha retomado sus planteamientos y está en la ruta de impulsar las líneas de investigación propuestas por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), con el apoyo del nuevo fiscal especial, pesa en el horizonte la sensación de que los intereses macrodelincuenciales, obstruirán de cualquier forma el camino para llegar a la verdad. A pesar de estos obstáculos, su combatividad ha podido desmantelar un aparato de justicia empeñado en hacer más cruento el sufrimiento de las víctimas. No se dejaron vencer por ninguna versión oficial ni tuvieron temor de encarar a los funcionarios de la ex Procuraduría General de la República (PGR), que cerraron filas para encubrir a la red de perpetradores que sirven al sistema y a la delincuencia.

Para mantener viva la memoria de esta lucha emblemática emprendimos con el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, Fundar y Serapaz la campaña “Ayotzinapa: 43 días por los 43”. Nuestra apuesta es mantener en lo alto esta causa que nos ayudará a transitar a un verdadero cambio en el sistema de justicia, donde las víctimas sean la parte medular de todo el proceso de investigación. Para seguir honrando su trabajo heroico como hombres y mujeres del campo, que en varias ocasiones han tenido que dejar la parcela y el hogar, para llevar en su pecho las fotos de sus hijos, plasmamos su sentir, su quehacer, su dolor y su esperanza.

Con la desaparición de nuestros hijos se acabó la canción. Callaron las cuerdas de la guitarra cuando desaparecieron a mis dos futuros maestros, los que me sacarían adelante de la pobreza. Ahora, de vez en cuando suena una tonada, que se apaga cuando vienen sus recuerdos a la memoria. No hay vida, no hay canto, no hay ilusiones, sueños ni risas, sólo se camina para encontrarlos. Desde que recibimos la mala noticia, llegó la tristeza a nuestras almas y a nuestro hogar. Se callaron las cuerdas y los hilos sonoros que urden de cantos la vida.

Antes yo tocaba en un grupo musical, pero lo dejé un rato porque se me descompuso la guitarra. Cuando mi hijo estuvo en Chilpancingo me compró una nuevecita pero la verdad desde su ausencia no la he agarrado. A veces toco otra que compré, porque la que me regaló la tengo guardada. Está colgada y cubierta porque confío en que cuando regrese se la voy a dar a él. Casi siempre me golpea la tristeza cuando la veo, no me dan ganas de mirarla, muchos menos de tocarla, sólo de derramar lágrimas.

Está de la chingada, el día 26 hablamos por varias horas, terminamos exactamente a las 17:35 de la tarde. Desde entonces empezó nuestro calvario.

Mi hijo entró a Ayotzinapa el 6 de septiembre de 2014. Me habló para que le regalara un celular con más funciones porque ya había empezado con su activismo. Me dijo que ese fin de semana no iba a poder venir pero que pronto invitaría a sus compañeros a Huamantla. Preguntó si era posible que los recibiéramos con una comida y le dije que no se preocupara que sus tíos me cooperarían y que acá los esperábamos. En cuanto colgó el teléfono, corrí con mi esposa y le dije que el sábado venía nuestro hijo. Quedamos de no dejarlo ir porque ella no quería que estuviera tan lejos, no soportaba esa idea. Mi esposa presentía que no estaba bien, en ocasiones despertaba gritando ¡Vámonos! pero él no estaba aquí. Mis lágrimas salían sin querer. Intentaba empujarlas hacia adentro, pero de todas formas brotaban.

Meses antes estaba molesto porque mi hijo estaba estudiando en la Universidad Autónoma de Puebla. Iba a ser abogado, pero de un momento a otro dejó la escuela. Nunca supimos las razones, pues él se levantaba temprano para irse a estudiar. No nos dijo si tenía algún problema, sólo la dejó. Con molestia le dije que eran fregaderas, pues su mamá y yo nos la partíamos para que estudiara. Cuando nos informó que dejaba la universidad le advertimos que no tendría derecho a un par de zapatos ni a vestimenta, sino que tendría que trabajar y dar el gasto en la casa. Le decía que estaba enojado con él, pero en el fondo era difícil estar enojado con mi propio hijo.

Tiempo después se inscribió en Ayotzinapa. Una vez ahí me pidió que le comprara un nuevo celular. El 7 de septiembre de 2014 habló para decirme que iría a Panotla y que ahí le llevara el teléfono para vernos a las 18:30. Hubo tiempo para que su mamá le sacara dos camisas de Coppel. Le hablé a mi hermano para que me llevara en su carro y ahí nos vimos a la hora acordada.

Qué dolor, esos recuerdos me matan. Cuando bajó del autobús le vi el pantalón y su camisa rota. Tenía los ojos sumidos como si en años no hubiera dormido. Mugroso cual revolucionario bajado de las montañas, flaco y pelón. Me encabroné y le pregunté en dónde andaba. No entendía qué estaba pasando. Sólo me dijo: ‘no te preocupes me gusta donde estoy’. A pesar de sus palabras yo le torcí el brazo y le dije que se fuera conmigo en este momento. Sin embargo, me dijo algo que está en mi cabeza una y otra vez: ‘sabes que siempre hago lo que quieres, dame chance de hacer lo que yo quiero, me está gustando y quiero regalarte ese título’. No quiso regresar a la casa. Eso me da mucha tristeza. A veces me siento culpable de no haberlo llevado a la fuerza. Pero estoy consciente de que no soy adivino para saber lo que iba a pasar. Lo único que me queda es la satisfacción de la estrecha comunicación que tuvimos desde ese momento. Hablábamos tres veces al día, a todas horas platicábamos.

Siento que le estoy fallando porque no lo encuentro, no sé qué hacer para encontrarlos. Me siento una basura por no dar con su paradero. A veces me pongo a pensar en la última carta que me mandó. Ya no era tan expresivo, ya no nos decía te quiero mucho papá o te quiero mucha mamá. En esa carta me dijo que reconocía todo lo que había hecho por él, que ahora comprendía lo que estaba pasando. Lo grande que fui, que era un gran padre. Ahí cayó la voz como en un pozo haciendo eco y regresó chocando, para soltarse en lágrimas.

La verdad es que uno sobrevive sólo para seguir buscando a los muchachos, pero en la familia no hay vida, esto te la acaba. Cuando eran tiempos de felicidad salíamos a pasear, jugábamos fútbol o jugábamos con la pera que teníamos en la casa. Eso era vida. Cuando tenía la ilusión de comprarle ropa a mis hijos, de tener un aparato eléctrico nuevo para seguir construyendo nuestro patrimonio o de estar todo el tiempo con la familia, eso sí era vida; pero cuando alguien de nosotros hace falta, sólo sobrevivimos y nada más.

Ha cambiado todo. Ya no creo en los poderes ni en los partidos políticos, antes era priista sólo porque mi padre lo fue. Soy católico, me levanto a las cinco de la mañana para ir a la iglesia. Creo en Dios, pero quisiera saber dónde estaba ese 26, por qué no defendió a los muchachos de ese puto ataque tan cruel. Ya son cinco años de ese martirio, pero bueno Dios me ha apoyado mucho porque hemos vivido situaciones muy difíciles y seguimos aquí. Estoy seguro que vamos a recibir una noticia agradable o una gran alegría muy pronto.

Siempre está el tintineo en el pensamiento de cómo estarán, de si comen o no, de si duermen bien o no. Son más de 1, 461 días de no festejar sus cumpleaños, siempre lo esperamos el 2 de enero, pero no llega. Todo esto es un sufrimiento muy doloroso, pero las madres y los padres estamos decididos a dar la vida por nuestros hijos, así que seguiremos tejiendo los hilos entre el dolor y esperanza.

Éramos felices hasta que se llevaron una parte de mí. Siento tristeza y una angustia tan pesada como el mundo. Recuerdo a mi hijo cuando era pequeño, le gustaba divertirse como todo niño, el fútbol era su pasión. A veces nos íbamos a trabajar como albañiles, yo le enseñé cómo se trabaja y fue aprendiendo. También sabía trabajar la siembra y el campo. Mi hijo se juntó con una muchacha, cuando aún iba en la secundaria, le llegó el amor y con ello el compromiso. Sus dos hijos siguen esperándolo. Siempre que llego a la casa me preguntan qué noticias hay de su papá, cuentan el tiempo como los minuteros de un reloj, qué desesperación no saber nada de él. Lamentablemente todo esto pasó muy poquito tiempo después de que mi muchacho entrara a la Normal.

El dolor está ahí como si fuera una herida que nunca puede sanar y la única forma es que regresen nuestros hijos. El 16 de septiembre de 2015 falleció su abuelita, luego murió su abuelito materno. Mis padres también murieron en este periodo y el 10 de enero de 2019 murió su tío, quien nos apoyó cuando pasó todo. Sus abuelos y abuelas se fueron sin saber nada de él, se fueron con lágrimas en los ojos porque querían verlo, abrazarlo. Es difícil decirlo, pero esto no es vida. Me desgañito por mi desesperación de encontrarlo y no es que sea tan necio, pero es mi felicidad la que me han arrancado. En muchas ocasiones me convierto en el vigía de la noche para ver si lo veo llegar brincando por la ventana o tocar la puerta como si hubiera ido a una fiesta. Así me quedo hasta que mis ojos se apagan, casi al amanecer.

Lo recuerdo más cuando me voy al campo, a mi mente vienen los momentos cuando me ayudaba a sembrar. Este año no lo hice. Los 7 de julio siempre siembro flor, la echo en pachole para tener la flor lista para 31 de octubre o primero de noviembre, cuando llegan los muertos, al menos para tener algo que comer. Antes, mi hijo me ayudaba a sembrar la flor de terciopelo y de cempasúchil. En ocasiones sólo se da una, a pesar de que preparamos bien la tierra. También sembramos de riego, un poco de todo, principalmente verduras y en tiempo de agua sembramos maíz, calabaza y frijol. A veces quisiera no sembrar porque me llega la tristeza, quisiera pensar sólo en cómo encontrar a mi hijo. Me voy con el pensamiento lejos de esta realidad, pero vuelvo porque tengo que seguir adelante.