Opinión | Felicitas y el Presidente

Dos hechos que viví en mi infancia marcaron para siempre el proyecto de vida que me he forjado como defensora de los derechos de las mujeres indígenas. A los 8 años cuando iba en tercero de primaria, mi papá me mandó a traer los cinco chivos que andaban en el cerro. Cuando los arreaba me salieron varios perros, eran como 10. Por más que quise correr, uno de ellos me mordió en la parte posterior del tobillo. No me pude levantar. Mi otra hermanita le dije que corriera y alcanzó a subirse a un árbol. El dueño de los perros fue a ver a mi papá para que me levantara. Sentí que ese señor ordenó a sus perros para que me corretearan. Estaba enojado porque los chivos habían dañado su milpa. Permanecí postrada sobre un petate más de una semana. Mi herida no sanaba porque era muy profunda. Mi papá me tuvo que llevar caminando de Potrerillo Cuapinole hasta San Luis Acatlán. Me cargó por más de 3 horas y cruzó 7 veces el mismo río. En el hospital de San Luis regañaron a mi papá porque dejó pasar mucho tiempo, al grado que había el riesgo de que me cortaran el pie. Estuve varias semanas yendo a curación. Lloraba cuando me hacían la limpieza, porque la herida era grande.

Cuando logré recuperarme regrese a la escuela en Potrerillo Cuapinole. Nunca imagine que todos sabían lo que me había pasado. Me dolió tanto escuchar que mis compañeros y compañeras de grupo se reían y me decían que era sobra del perro. Fue la peor ofensa que sentí, hasta le fecha lloro cuando recuerdo ese momento. Apenas me había recuperado de esa herida, cuando sucedió otro hecho que me lastima en lo más profundo de mi corazón porque a una prima hermana la violaron y le cortaron la cabeza. Ella tenía como 23 años, vivía también cerca de nuestra casa. Era un paraje donde mi papá tenía sus tierras de labor. Es decir que nací en el cerro, sobre un petate, y fue mi tía Elvira la que le ayudó a mi mamá en el parto para que yo naciera. Mi papá no estaba, porque andaba de comisión gestionando el camino para el pueblo de Potrerillo Cuapinole. La única cama que había en la casa era de carrizo donde dormían mis papas. Los 8 hermanos y las tres mujeres de la familia dormíamos en la única pieza de la casa a un lado del fogón para no pasar fríos.

Desde chica aprendí a sembrar maíz y jamaica, a cuidar los chivos y acompañar a mi mama a cortar leña. Para ir a la escuela tenía que caminar 3 horas. En los primeros años mi papá me cargaba para cruzar el río que era muy grande. Durante la primaria solo hablaba el Meꞌphaa. Hasta que me fui San Luis Acatlán a estudiar la secundaria empecé a hablar el español. En ese lugar tuve que trabajar para ganarme la comida y tener un espacio dónde dormir en la casa de una familia mestiza. Ahí sufrí mucho porque no conocía las costumbres de esta gente. Para ellos somos sus mozas, que no tenemos ningún derecho, porque consideran que las indígenas no pensamos como ellas y por eso no somos de razón. Me levantaba de madrugada para hacer el aseo, lavar la ropa, lavar los trastes y cuando no había agua teníamos que ir al río para hacer todos estos trabajos. No recibía un peso por lo que hacía. Más bien me daban a entender los patrones que tenía el gran privilegio de vivir con ellos, de comer lo que comían y de poder dormir en su casa. Tuve que adaptarme a este tipo de tratos con el único fin de terminar la secundaria.

Desde que salí de mi pueblo me propuse estudiar para dar con la persona que mato a mi prima y luchar para que lo castiguen. Me vine a estudiar la preparatoria a Chilpancingo con esa firme idea de prepararme para ser abogada. Mi papá, siempre se opuso a que estudiara, porque es de los que piensan que se mal invierte su dinero, porque las mujeres nos vamos a casar y nuestro destino es cuidar a los hijos. Me quiso ayudar para que yo fuera maestra bilingüe. Presenté el examen, pero intencionalmente no quise responder las preguntas.

Mi papá se enojó porque con eso mismo se confirmaba que su dinero se mal invertía porque yo no aprovechaba estas oportunidades. En Chilpancingo busqué un empleo como trabajadora doméstica con mis nuevos patrones en la capital, realizaba los mismos trabajos que en San Luis Acatlán, la única diferencia fue que por primera vez recibía un pago de 100 pesos al mes por los trabajos que hacía. Para mí fue muy satisfactorio darme cuenta que mi trabajo tenía un valor y que con el poco dinero que ganaba, podía sostenerme para estudiar como abogada.

Cuando llegó el tiempo de hacer mi servicio social tuve la oportunidad de conocer al Concejo Guerrerense 500 años de Resistencia Indígena. En ese espacio me encontré con Martha Sánchez, con quien me identifiqué en la lucha y encontré el camino que venía buscando desde aquella triste fecha en que asesinaron a mi prima. Tuve la oportunidad de ir a cursos a la Ciudad de México para compartir con varias mujeres de otras organizaciones civiles el trabajo que realizan en el campo de los derechos sexuales y reproductivos. En esos encuentros pude comprender que mi proyecto de vida, está enraizado en la defensa de los derechos de las mujeres. Gracias a que dos de mis hermanos que formaban parte de la policía comunitaria de Horcasitas tuve la oportunidad de participar en una de las asambleas convocada por la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias en la comunidad de Tilapa Municipio de Malinaltepec fue en 1998 cuando empecé a participar en las reuniones. El compañero Cirino Placido me compartió textos de los Zapatistas y con el trabajo que realizó comprendí que como profesionistas teníamos el compromiso de regresar a nuestros pueblos para apoyar en la organización y en la defensa de sus derechos colectivos. Desde entonces regrese a mi pueblo para ocupar varios cargos comunitarios, y al mismo tiempo desempeñar la función de coordinadora regional de las autoridades comunitarias (CRAC).  Actualmente me desempeño como coordinadora de la policía comunitaria de San Luis Acatlán, que es mi trinchera junto con las casas de las mujeres indígenas dónde sigo dando la batalla para que las compañeras indígenas se organicen y alcen la voz contra los hombres que nos oprimen y el sistema patriarcal que nos sojuzga.

El pasado jueves 8 de marzo llegué como a las 6 de la mañana al palacio nacional con la compañera Francisca de la Cruz de Xochistlahuaca. Éramos 15 mujeres de las que recuerdo estaba una trabajadora de Pemex una doctora, una piloto, una obrera y una joven talentosa. Yo fui en representación de las mujeres indígenas. Entramos al patio del palacio nacional donde estaban varias mesas redondas con manteles largos. Se trataba de un desayuno con el Presidente de la República. Como a las 8 de la mañana entró el Licenciado Andrés Manuel López Obrador acompañado de la Secretaría de Gobernación Olga Sánchez Cordero, la Senadora Martha Lucía Micher, de la Diputada Wendy Briceño Zuloaga y la Dra. Nadine Gasman Zylbermann, titular del Instituto Nacional de las Mujeres. Con su entrada inició el desayuno al que asistieron también varias diputadas y senadoras. Antes de subir al presidium me comentaron que iba a participar con otras dos compañeras más. Inicialmente me habían comentado que mi participación duraría 5 minutos, Sin embargo, de último momento de dijeron que ya no disponía de tiempo para mi participación. Solo me pidieron que diera un saludo breve porque el presidente tenía urgencia de retirarse. No me quedó otra alternativa que abreviar mi participación y contener toda la fuerza de mi pensamiento, para decir lo que siente mi corazón, sobre todo ese corazón grande de las mujeres que han sacrificado su vida por defender sus derechos.

Como mujer indígena me sentí de nueva cuenta relegada, porque resulta que al final de cuentas, el presidente Andrés Manuel, dio su mensaje, sin que se notara alguna prisa. Por eso me quede con ese sentimiento de que, por ser una mujer indígena, vieron que no era relevante mi palabra. Esto mismo me compartió la hermana diputada Irma Juan Carlos, presidenta de la comisión de asuntos indígenas de la cámara de diputados, quien en varios eventos ha sentido también que la relegan por ser indígena. No tuve otra alternativa que expresar en pocas palabras el dolor y la fortaleza de nuestras luchas como mujeres indígenas, que hemos nacido en lo más recóndito de la montaña, pero llevamos la semilla de la igualdad y la dignidad que tanto hace falta en nuestro país.

No me quedó otra alternativa que decirle al presidente lo siguiente:

Nosotras, las mujeres de los pueblos indígenas de México venimos a expresar nuestro dolor que sentimos día con día.

Por años hemos conservado nuestros derechos, pero también nos ha costado la vida. La tierra se ama y se defiende. Nosotras las mujeres siempre la vamos a defender y siempre vamos a estar en la defensa de nuestro territorio. También nuestro cuerpo que tenemos.

Guerrero ocupa el primer lugar en el tema de violencia de género; pongan los ojos ahí, porque todas sufrimos violencia… no hay nadie que aquí se escape del tipo de violencia que vivimos, institucional, laboral, todos

Quiero decirle que sin nosotras las mujeres, como actoras políticas del cambio de nuestro país, no alcanzaremos la Cuarta Transformación.