La defensa de los derechos humanos en la Montaña de Guerrero se hace con el corazón por delante ¡Siempre cuesta arriba y con la fuerza de los pueblos!.

¡Se parte de este movimiento por la igualdad y la justicia!

OPINIÓN | La Montaña en Nueva York

 

Para el padre Pedro Pantoja,

quien nos inspiró para luchar sin descanso

en favor de los derechos de los migrantes.

Su mística y su compromiso,

ilumina este caminar sombrío,

que criminaliza a los pobres que son expulsados por la violencia

y por un sistema que los expolia.

En la plaza Union Square en Manhattan, Nueva York, este 18 de diciembre los migrantes indígenas de la Montaña de Guerrero, tuvieron la iniciativa de convocar a compañeros y compañeras que se autoadscriben como parte de un pueblo indígena de México y de América Latina. En el marco del día internacional del migrante los indígenas aparecieron en un lugar, donde ellos mismos han expresado que se sienten excluidos, discriminados y pisoteados en sus derechos. Por eso, desde cinco días antes del evento, habían convocado a una marcha para recorrer 25 cuadras para hacer patente el rostro de la discriminación en la urbe de hierro. Son las y los jóvenes indígenas que trabajan en los restaurantes, que se desempeñan como trabajadoras domésticas y, actualmente, realizan actividades como repartidores de comida.

La llegada del Covid – 19 a Nueva York fue un duro golpe para la población más pobre que vive de jornadas extenuantes y de trabajos que los americanos no están dispuestos a desempeñar. La población indígena ha demostrado tener una gran resiliencia ante las adversidades. Se confinaron y en gran medida lograron sobrevivir. Se quedaron sin trabajo, y la solidaridad que existe entre los colectivos de migrantes, pudieron realizar actividades para ayudarse mutuamente. Han conseguido trabajo con muchas dificultades y, en los últimos meses, están recibiendo la mitad del sueldo que ganaban antes del Covid – 19. Los paisanos que murieron, ahora forman parte de esa memoria digna, por la que decidieron salir a las calles y ejercer su derecho a la protesta. Varios familiares y amigos murieron, porque no tuvieron la oportunidad de llegar a un hospital, y también por ese miedo que existe, de que el gobierno estadounidense los deporte.

Estás muertes les han marcado en lo más profundo, para emprender un nuevo derrotero. Saben que no pueden vivir en la clandestinidad, como si fueran delincuentes. También saben que son miembros de un pueblo indígena que tienen que ser respetados, independientemente de que vivan en un país poderoso. Esta nueva conciencia de la indianidad, y del orgullo de ser parte de estos pueblos que los vieron nacer y le dieron un nombre, les ha dado las herramientas para luchar en esta megalópolis. Aquí creyeron que tenían que negarse como indígenas, que tenían que seguir agachando la cabeza, que igualmente tendrían que aprender el inglés para poder existir en una sociedad racista. Esta pandemia los ha confinado para verse como pueblos que sufren la discriminación y el maltrato a los largo y ancho de América Latina. Su despertar ha sido para nunca más asumirse como ciudadanos de segunda, mucho menos como seres inferiores. Este dolor los ha dignificado, les ha reafirmado su ser y les ha permitido descubrir que son parte de esta riqueza multicultural que ha hecho de Nueva York una ciudad diversa, donde caben todas las culturas y todas las lenguas.

La Montaña en Nueva York es el nuevo rostro que han ido cincelando los pueblos indígenas a través de estás migraciones cíclicas, que desde los lugares más recónditos del país, los hijos e hijas de estás regiones, ante la falta de tierras, han tenido que salir para reconquistar el territorio perdido, recuperando un lugar que les han quitado. Ya no se sienten como seres que nacen para ser esclavizados, tampoco han interiorizado esa inferioridad concebida como algo innato, por el hecho de ser indígenas. Saben que son la fuerza de trabajo que genera riqueza. Que el capital no es nada, si no existe ese ejército de trabajadores, que son explotados para que los grandes empresarios tengan ganancias en las bolsas de Nueva York.

No solamente son los brazos, y el esfuerzo físico, entendido como la fuerza de un ser humano iletrado, sino que es el trabajo de una persona que tiene dignidad, que tiene historia, que esta dotado de inteligencia, y que en su corazón hay sentimientos mucho más nobles, que los que tienen los patrones. Se trata de personas que tienen proyectos de vida, que luchan para que haya justicia en el mundo, y, sobre todo, sueñan para que su familia tenga un lugar digno en la sociedad. Se ven obligados a sacrificar su descanso; a trabajar jornadas extenuantes; a recibir un sueldo de hambre y a vivir en condiciones deplorables, con tal de que sus hijos e hijas tengan que comer, de que puedan ir a la escuela. Que tengan un pequeño fondo para comprar medicinas y logren ahorrar para construir una vivienda digna. En esta aventura se escriben historias que muchas han quedado truncas, porque varios jóvenes y personas mayores dejaron su vida en el desierto o simplemente su dinero y sus fuerzas fueron insuficientes para cruzar la frontera. Los que han llegado a Nueva York y tienen trabajo, para las familias de la Montaña, son los héroes, es el milagro que Santo Entierro les hizo para que, desde la urbe de hierro, puedan enviar 300 dólares cada mes para poder arrancar una sonrisa a los hijos pequeños, que en este diciembre les podrán comprar una muda de ropa y una bolsa de dulces.

Fueron más de 120 personas las que se concentraron en este parque con mantas alusivas a las grandes injusticias que enfrentan, expresadas en español e inglés. Reclamando su derecho a no ser discriminados mucho menos a ser perseguidos y encarcelados. Su discurso fue muy claro y muy contundente: “Como personas migrantes queremos decirles a las autoridades estadounidenses y del continente, que somos nosotros, los indígenas, los verdaderos actores que estamos enfrentando las grandes dificultades que los gobiernos nos hacen pasar, por considerarnos personas ilegales. No somos delincuentes, por el contrario, somos el pueblo trabajador que ha generado la riqueza de un país poderoso que siente que no necesita a los trabajadores. Nuestra voz no se escucha cuando estamos separados y nos dejamos vencer por el miedo. Por eso, nos hemos organizado para realizar una asamblea de los pueblos originarios de México y de América Latina, como los hermanos de Guatemala y Ecuador, para exigir a las autoridades respeto, pero ante todo, compromiso para que en verdad defiendan los derechos de los migrantes. No queremos más discursos huecos, muchos menos caridad ni compasión. Tampoco queremos que nos sigan tratando como personas inferiores. Somos personas cultas que le hemos dado identidad y rostro al pueblo de México. Somos la raíz en la que esta cimentado nuestro país, que además vive de toda la riqueza que hemos conservado por siglos, y que muchos gobiernos y ahora empresarios, están extrayendo, como si fueran los verdaderos dueños de estos territorios sagrados”.

En esa noche gélida, la palabra de los jóvenes indígenas de la Montaña obligó a que el cónsul Jorge Islas López, se hiciera presente y pidiera tomar la palabra. Días antes había solicitado a los organizadores que evitaran marchar por las avenidas de Manhattan. Con esa voluntad de dialogo, el comité organizador aceptó, emplazándolo a que estuviera presente en su evento. El cónsul en su mensaje expresó su reconocimiento a los miembros de los pueblos indígenas que viven fuera de México. Reconoció que lo que caracteriza a esta población es su gran resiliencia y su capacidad para reinventarse en situaciones adversas como las que han vivido en tiempos del coronavirus. Se comprometió a salvaguardar los derechos de los pueblos indígenas y resaltó su valentía y su capacidad para adaptarse a los nuevos desafíos. Reconoció sus iniciativas y su fortaleza para hacer frente a una situación que los discrimina y excluye. Se comprometió a atender el pliego petitorio que en ese momento le hicieron entrega para darle seguimiento en el nuevo año. Aprovechó para informar que estarían cinco miembros del consulado avocados a darle seguimiento a este pliego. Manifestó que este lunes 21 de diciembre se reuniría con una comisión en el que se encontrarían con el representante de asuntos indígenas, el de protección, el responsable de las comunidades, el encargado de asuntos políticos y el encargado de asuntos culturales, con la finalidad de avanzar con la agenda de los derechos de los pueblos indígenas.

Es importante resaltar que las y los jóvenes indígenas de la Montaña jugaron un papel determinante para la organización de este evento, a pesar de que los une su origen montañero,  ellos decidieron conformar un Consejo de los Pueblos Originarios en Nueva York, con el fin de que no solamente las autoridades mexicanas, atiendan las demandas de los pueblos indígenas, sino que las mismas autoridades de Estados Unidos tomen en cuenta los planteamientos, que de manera específica, tienen los migrantes indígenas de América Latina.

Fue muy simbólica la presencia de una asambleísta de la legislatura estatal, Carmen Romano, quien les manifestó que además de escuchar su dolor, lo asume, y por eso se compromete a defender los derechos de los pueblos originarios. Explicó que presentó recientemente una ley en favor de los derechos de los trabajadores, que en plena pandemia son despedidos y excluidos, mientras que los grandes ricos de Nueva York, siguen obteniendo más riquezas. Ha planteado que se les imponga un impuesto a estos empresarios para que se pueda garantizar los servicios básicos a los trabajadores, y que tengan también un seguro de desempleo, que en estos momentos tan cruentos muchos trabajadores están muriendo. Argumentó que no puede haber trabajadores esenciales en un país que permite que la clase acomodada tenga la comida en su mesa, mientras que quienes lo producen y lo recolectan se mueren de hambre. Por eso se comprometió a continuar en esta lucha y a desafiar un sistema que los expolia. Expresó que ella se asume como parte de esta lucha de los migrantes, porque ha sufrido durante todos estos años, que ha vivido en Estados Unidos, lo que significa ser una mujer de color y no ser de este país. Por eso, los animó a continuar con su lucha y a unir esfuerzos, para que tanto el gobierno de México, como las autoridades de Estados Unidos, respeten y reconozcan los derechos de los migrantes indígenas. La respuesta de las y los jóvenes indígenas fue ¡Justicia para los pueblos indígenas! ¡Respeto a nuestros  derechos como migrantes!

 

Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan”