OPINIÓN/ Morir en la Montaña

Catalina Prisciliano, mujer del pueblo Me´phaa sabe que para procrear una hija hay que trabajar duro en el surco, porque en las semanas cuando amamanta a su bebé no hay nadie en la casa que le ayude a preparar su comida. En el piso de tierra tuvo a sus cuatro hijos e hijas, sólo con el auxilio de la partera. Ella ha enfrentado los estragos de la violencia y del abandono de su esposo.

En la Montaña, las mujeres tienen que pelear en asambleas para tener una pequeña parcela donde puedan sembrar maíz, frijol y calabaza para paliar el hambre. Ella misma carga sobre sus hombros las varas y leños para su fogón.

No hay tiempo para el descanso, mucho menos para poder platicar con las demás mujeres que han sido víctimas de la violencia. En la Comisaría no son escuchadas porque los mismos esposos se encargan de bloquearlas y más bien de tomar acciones orientadas a sancionar a las mujeres por transgredir la costumbre impuesta por los hombres.

Este estado de indefensión, ha normalizado la violencia contra las mujeres en un gran número de comunidades indígenas. A pesar de que varias esposas se han atrevido a salir de la comunidad para denunciar la violencia física y psicológica de la que son víctimas por parte de su cónyuge. Lo peor de este esfuerzo es que en la Agencia del Ministerio Público no encuentran la protección jurídica para hacer valer sus derechos. Para las autoridades del estado, las mujeres indígenas son catalogadas como seres destinados al sufrimiento y a padecer la violencia ejercida por los hombres.

Catalina, mujer monolingüe de 49 años de edad, nunca imaginó que el 23 de agosto de 2014 sería el último día que vería a su hija, Florencia Sánchez Joaquín. Conocía el vía crucis que ella enfrentaba con su ex esposo Marcelino de la Cruz Sánchez, quien constantemente la golpeaba y en varias ocasiones le advirtió que la mataría.

Florencia tenía serios temores de que esto sucediera, por eso se refugió en la casa de su madre. Ella temía que Marcelino no sólo le quitara la vida, sino que también intentará matar a su mamá y a sus hijas.

A pesar de que las autoridades conocían esta situación -y que doña Catalina había pedido la intervención del Comisario- Marcelino se mostraba más engallado porque estaba seguro que la autoridad lo apoyaba.

Cuando llegaba al pueblo donde Florencia vivía, la buscaba para hacerle daño. Marcelino no le perdonaba a Florencia haber acudido ante el síndico municipal que lo obligó a pagar la pensión alimenticia para sus hijas.

El 23 de agosto de 2014 por la tarde, Florencia tuvo que ir a su domicilio para sacar la ropa de sus hijas. Había decidido ya no quedarse sola durante la noche. La lluvia y la crecida del río le impidió volver a casa de su madre.

Esa noche Marcelino llegó acompañado de sus amigos, quienes de manera cobarde violaron y mataron a Florencia. En este acto sanguinario, la hija que le acompañaba sobrevivió, quedando envuelta en la cobija a lado de su madre. Este crimen de odio fue denunciado por doña Catalina, quien a raíz de ello, ha sufrido varios atentados por parte de Marcelino y de quienes participaron en el feminicidio de su hija.

La lucha de Catalina es heroica porque ha tenido que enfrentar tanto a las autoridades de su comunidad como a las mismas autoridades encargadas de investigar estos delitos. Ademas de ver por sus nietas de 7 y 5 años de edad, también ha dedicado gran parte de su tiempo a exigir justicia por el feminicida de su hija.

A la vuelta de tres años, Catalina ha logrado que Marcelino de la Cruz esté en la cárcel desde el 14 de mayo de 2017 acusado de feminicidio. Esta acción en favor de su hija, le acarreó más peligro porque los cómplices de Marcelino -con el apoyo de sus familiares- han buscado a Catalina para amenazarla y no se han quedado con las ganas de atentar contra su vida.

Catalina ha podido vencer en los tribunales a los autores de este feminicidio. Los cómplices de Marcelino han huido del pueblo porque saben que cuentan con órdenes de aprehensión y la misma comunidad ahora les ha retirado el apoyo.

Son las mujeres indígenas como Catalina, quienes a pesar de que su corazón se desangra por la pérdida irreparable de su hija, quienes están empujando para que las leyes que las protegen realmente sean aplicadas por las autoridades.

Este feminicidio no se hubiera consumado si las instituciones estuvieran al servicio de la población que requiere de su intervención. Lamentablemente, las mujeres han pagado con su vida la inacción del gobierno ante la violencia de los hombres que se sienten intocables porque tienen el apoyo de las normas comunitarias y sienten que pueden acallar el reclamo de justicia de las mujeres.

A pesar de que en la Montaña se creó el Centro de Justicia para las Mujeres (CEJUM) y la Ciudad de las Mujeres de Tlapa, la realidad es que las mujeres están desprotegidas. Las instituciones siguen alejadas de la realidad violenta, se mantienen pasivas y con el peso de su burocracia, esperan que las mujeres que han sido violentadas en sus comunidades lleguen hasta sus oficinas a pedir auxilio.

A las mujeres indígenas les sigue costando mucha sangre y mucho dinero hacer valer sus derechos. Sus voces aún están silenciadas en las asambleas cuando piden justicia. Si bien muchas han ejercido sus derechos como mujeres, es difícil superar la montaña de obstáculos que existen tanto en las comunidades como en las instituciones para garantizar su seguridad y poner a salvo sus vidas.

Tiene que haber historias como la de Catalina y su hija Florencia para que se haga visible una realidad que nos desquicia como sociedad. Se tiene que perder la vida y ponerla en riesgo a cada momento para que las autoridades documenten e investiguen los delitos de feminicidio.

En este vía crucis las mujeres indígenas siguen siendo crucificadas porque las mismas autoridades se transforman en sus verdugos, se mofan de ellas, las responsabilizan de su propia tragedia y las confinan a vivir en la desdicha. Ellas mismas tienen que vencer este suplicio, liberarse de esa cruz para poder desatarse de las leyes que las siguen tratando como objeto y las continúan esclavizando.

Morir en la Montaña, es morir en el olvido y en la soledad que congela por la pobreza, es soportar el desprecio de autoridades que no toleran la participación de las mujeres que exigen sus derechos. En los pisos de tierra donde las mujeres dan a luz a sus hijos y donde atizan el fogón para alimentarlos, se gestan las luchas de las mujeres que en medio de su fragilidad física, tienen un espíritu indoblegable para parir la justicia comunitaria, desde el vientre materno, hasta el fin de sus días.