OPINIÓN | ¿Quieren gobernar en serio?

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

 

A seis meses del asesinato de Ranferi Hernández, de su esposa Lucía Hernández, de su suegra Juana Dircio y de su ahijado Antonio Pineda, la impunidad sigue siendo la señal más funesta de las autoridades al no avanzar en la investigación de este crimen artero.

Con este tipo de campañas político electorales, donde lo que más cuenta es la proyección de una buena imagen de los candidatos o candidatas para congraciarse con la ciudadanía, se nos quiere vender la idea de que lo más importante es sacarse de la manga frases que generen impacto mediático o planteamientos políticos que logren atraer al electorado. Lo que predomina es la propaganda fútil y la guerra mediática entre los candidatos y la candidata a la Presidencia de la República. Los mismos grupos que militan o simpatizan con alguna de las candidaturas se han especializado en este tipo de estrategias centradas en la descalificación de los adversarios. El dinero público cuyas cantidades millonarias han sido asignadas expresamente para promover a los candidatos y candidatas que quieren sentarse en las sillas del poder será dilapidado en estos tres meses para embotarnos de mensajes efímeros que al final de cuentas son palabras que se las lleva el viento (aunque firmen ante notarios públicos como pasó con Enrique Peña Nieto).

Este modelo de democracia electoral que se ha enraizado en nuestro país se ha catalogado como el más idóneo para  garantizar una gobernabilidad supuestamente democrática. En todo este proceso de selección de candidatos y candidatas vemos como las cúpulas del poder y sus estructuras partidistas basadas en el corporativismo son las que deciden quiénes serán los candidatos y candidatas que supuestamente representarán las aspiraciones más profundas de la sociedad mexicana. Los ciudadanos y ciudadanas no cuentan. No existe ningún mecanismo de participación, mucho menos se implementan algunas prácticas que se orienten a consultar a la población sobre qué tipo de representantes se requieren para responder al electorado. Este modelo no tiene como eje central al ciudadano y la ciudadana, son más bien los partidos y los jefes políticos los que dinamizan esta contienda electoral. Es la partidocracia exhibida en toda su desnudez con todas sus trapacerías. Se perciben como el motor de este sistema, se ostentan con poder, por lo mismo, sus jefes políticos actúan con cinismo porque saben que no tienen contrapesos reales más allá de sus estructuras corporativas. Las noticias giran en torno a lo que pueda decir, gesticular o actuar el candidato o la candidata. A eso nos reducen los mensajes tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales. La mercadotecnia se impone por encima de lo que realmente le interesa al ciudadano o a la ciudadana de a pie. Todos los candidatos y candidatas se comprometen con todos los sectores de la sociedad. Aparecen muy condescendientes sacándose sus selfies como la mejor moda para aparecer como muy cercanos a la gente que se ilusiona de que con ese recuerdo grabado en sus celulares serán tocados por el poder del candidato y por lo mismo se imaginan que serán los nuevos agraciados del sexenio.

Es difícil salir de este maremágnum electorero, es una ola que nos arrastra y nos sumerge en las corrientes turbias de los grupos políticos que sólo tienen intereses mezquinos para llegar a su puerto seguro. Los partidos políticos están muy lejos de ser organismos que estén sólidamente identificados con una ideología y con una postura clara sobre su compromiso con la sociedad. Sus postulados y su doctrina han quedado como documentos vacuos y caducos que solamente sirven como un mero referente para reivindicarse como auténticos demócratas. Sabemos más bien que los partidos políticos funcionan como agencias de colocación y como aparatos electoreros. Han llegado a funcionar como franquicias para servir de comodín con otros partidos y asegurar cargos públicos y prebendas económicas.

Lo que hoy vemos en el escenario político electoral de nuestro estado es el enroque de los personajes que han ocupado otros cargos públicos y que saltan como chapulines entre las diferentes corrientes políticas buscando acomodo en otros partidos cuando la suerte no está de su lado. ¿Qué podemos esperar los ciudadanos y ciudadanas de Guerrero con los políticos que ya están en las listas de los plurinominales y en las demás candidaturas para las presidencias municipales que sabemos de su nefasto historial? Los círculos concéntricos del poder que cierran filas para que repitan en el cargo personajes que han defraudado al pueblo son percibidos por la misma población como una amenaza a nuestro sistema democrático. Es evidente  que los intereses facciosos y las ansias de poder los hacen impresentables ante una sociedad crítica que demanda un modelo de democracia participativa.

¿En verdad estos personajes que se han colado para algún cargo público sea como presidentes municipales, diputados locales, diputados federales, senadores y presidente de la República quieren gobernar en serio? ¿Cuántos de ellos o de ellas en verdad tienen los méritos suficientes para ostentarse como candidatos y candidatas cuando de manera sistemática le han dado las espaldas al pueblo y se han olvidado de su responsabilidad pública? Lo que hoy enfrentamos en nuestro estado no es producto de la casualidad; es más bien la consecuencia de los políticos que como ahora han estado arañando el poder por el poder mismo sin tener el mínimo de ética política para defender los derechos de los pobres. La violencia y la inseguridad que nos han colocado al borde del colapso son producto de la corrupción y la impunidad implantada como un modo de gobierno por parte de autoridades inescrupulosas que pactaron con la delincuencia para hacer florecer negocios ilícitos. ¿Cómo parar esta epidemia del crimen organizado y la violencia que está cobrando la vida a decenas de ciudadanos que cada mes se reportan en nuestro estado, sin que veamos una estrategia clara de cómo parar esta avalancha delincuencial?

Viendo a nuestro alrededor cómo pululan los que aspiran a ser investidos con algún cargo público, corroboramos que no tienen la estatura ni el compromiso para ser un bastión que proteja y defienda los derechos de la población más vulnerable. Si quieren gobernar en serio, queremos saber con fundamento ¿qué propuestas tienen para hacer frente a la violencia y al crimen organizado? ¿Qué opinión tienen sobre los diferentes paradigmas de seguridad que se han planteado en nuestro país? ¿Qué posición tienen sobre la militarización de la seguridad frente al planteamiento de los organismos internacionales de derechos humanos de que este modelo que privilegia la fuerza erosiona nuestro Estado de derecho?

¿Han pensado en serio estos nuevos candidatos en combatir a fondo la corrupción? ¿En verdad ellos mismos no serán los que seguirán propiciando estas prácticas al interior de las instituciones del Estado? ¿Qué propuestas tienen para que las reformas aprobadas en este tema logren implementarse con gran vigor y efectividad para combatir de manera frontal este mal endémico? Lo que más nos aqueja como sociedad es el problema de la impunidad que en nuestro país y en nuestro estado se ha convertido en la norma que nos rige en todos los ámbitos de la sociedad. Los que cometen delitos o que violentan gravemente los derechos humanos parecen estar protegidos por quienes tienen la responsabilidad de investigar estas acciones delincuenciales. ¿Hasta dónde habrá un compromiso serio de estos candidatos? Varios de ellos no han hecho nada para que en verdad se aplique la ley y se castigue tanto a los altos funcionarios corruptos como a quienes se han vuelto profesionales de la muerte.

¿Cuántos de estos aspirantes a cargos públicos están dispuestos a actuar con transparencia y a rendir cuentas a la ciudadanía como parte de un ejercicio democrático, para que la misma población pueda evaluar su desempeño y decidir si revocan su nombramiento? Sabemos que el gran problema de quienes nos gobiernan es que actúan con opacidad y los mismos controles dentro del aparato gubernamental están severamente atrofiados, porque nadie respeta las normas y por el contrario existe manga ancha para tomar decisiones arbitrarias en beneficio de intereses privados. Esta práctica de las políticas públicas implementadas de manera discrecional y facciosa son las que han generado una crispación social porque no se atienden las demandas sociales y mucho menos se ejercen los recursos públicos de manera equitativa.

Un problema cotidiano que se ha agravado en nuestro estado es la violación masiva al derecho a la educación entre los sectores populares. Cada semana existen protestas y bloqueos de madres y padres de familia que exigen aulas y material didáctico. En Guerrero la educación no se garantiza como un derecho, el pretexto de la implementación de la reforma educativa ha llevado a que los funcionarios públicos la usen como un escudo y una justificación. No se dimensiona a la educación como el valor excelso de un pueblo que sirve como igualador social y que además es un derecho de los niños y la juventud para forjar un futuro promisorio como guerrerenses. ¿En verdad estos candidatos y candidatas tendrán una postura clara basada en el sentir de una población que ha sido discriminada y violentada en este derecho fundamental y tomarla como la bandera de las principales reivindicaciones del pueblo? ¿En verdad estarán dispuestos a dar la batalla para que el derecho a la educación se garantice plenamente en las nuevas generaciones más allá de los diferendos políticos por la reforma educativa?

¿Pelearán como hoy  lo hacen los precandidatos para agenciarse de una candidatura  cuando los colonos y la clase trabajadora les demande garantizar el servicio de agua, atención médica, calles limpias y no afectar la economía con los precios altos de la canasta básica ni la amenaza de otros gasolinazos? ¿En verdad estarán dispuestos a caminar por estos senderos de la lucha social  y a dar la cara para que haya servicios de calidad y un ambiente de respeto y convivencia entre los sectores más depauperados?

Si en verdad quieren gobernar en serio los candidatos y candidatas, en sus campañas tienen que ser más serios y dejarse de frivolidades. Los ciudadanos y ciudadanas no somos una masa informe, mucho menos grupos de acarreados y matraqueros. Tampoco ingenuos y lentos para pensar. Sabemos que no les interesa lo que piense y proponga el ciudadano o la ciudadana, porque al final de cuentas en esta democracia la participación se reduce a depositar los votos en las urnas. Se siguen reproduciendo estos vicios en la disputa por los cargos públicos porque no existe un verdadero  contrapeso político de los ciudadanos y ciudadanas.

Esta situación ha hecho que nuestro sistema democrático pierda credibilidad porque la sociedad no se siente representada por estos grupúsculos del poder, más bien hay un malestar ciudadano porque la clase política se ha empeñado en defraudar la voluntad popular y en traicionar lo que prometen en las campañas electorales. Por eso en este desencanto ciudadano seguimos preguntando ¿en verdad quieren gobernar en serio?