OPINIÓN | Tres años en defensa de la vida

La noticia que atravesó mi corazón

Somos 43 padres y madres de familia que llegamos de varias regiones del estado, de Tlaxcala y de Oaxaca a la normal de Ayotzinapa en la madrugada del 27 de septiembre del 2014. Los llamados de angustia de nuestros hijos, nos obligó a dejar todo en nuestras casas para acudir en su auxilio.

¡Quién iba a decir que ese día que me caí y no podía caminar bien, tenía que salir cojeando para acudir al llamado de los compañeros de mi hijo! Cuando llegué a la normal me comentaron lo que había pasado. En los rostros de los muchachos veía mucha preocupación, más me desconcerté cuando me dijeron que si podía acompañar a una comisión al SEMEFO de Chilpancingo. Mi corazón me dijo que algo grave había pasado. Al llegar, uno de los muchachos del comité me previno preguntándome si estaba preparada para identificar un cuerpo. Yo todavía pude contestarle que estaba dispuesta a todo. Nunca había entrado a esos lugares. Sentí mucho frio y mucho miedo. Entré al mundo de los muertos, de los cuerpos inertes, que se nos revelan y nos arrastran como un torbellino para remitirnos a lo que imaginamos como infierno. Solo recuerdo que lo primero que vi fue un muchacho tirado sobre una plancha. Estaba muy lastimado. Vi su carita y sus cejas moradas, todo ensangrentado. Mi instinto de madre me dijo que era mi hijo. Con el alma pedía que no fuera él, pero luego lo reconocí por su nariz y su boca. No había duda, era mi hijo querido, el que soñaba con ser maestro. Me sentí totalmente fuera de sí, abandonada, casi muerta. Lo único que deseaba en ese momento era morirme, no saber nada de esta vida, porque ya sin mi hijo la vida no tiene sentido.

Como pude me sobrepuse. No sabía qué hacer, sobre todo porque no había alguien de la familia con quien pudiera compartir mi dolor. Solita me preguntaba ¿cómo me voy a llevar a mi hijo? ¿Cómo voy a llegar a la casa con mi hijo muerto? Me pedían ropa para vestirlo, ni eso tenía. Sus compañeros se acomidieron y ellos mismos me ayudaron a vestirlo. Me dijeron que habían conseguido una carroza para llevarlo a la casa, pero faltaba la caja. No supe qué contestar cuando me preguntaron en qué funeraria podían ir para comprarla. La gente que se encontraba dentro del SEMEFO y que no identifiqué me dijo que no me preocupara porque ya había órdenes de que la compraran y trajeran. Sentí más coraje porque el gobierno primero mata a nuestros hijos y luego se vuelve dadivoso comprando cajas para que los llevemos al panteón a enterrarlos. Me dio mucha rabia y mucho dolor todo lo que estaba pasando. Sus compañeritos estuvieron todo el tiempo conmigo y me ayudaron con los trámites para que entregaran a mi hijo. Con su compañía llegamos a la escuela. En la cancha todos los muchachos lo esperaban. Se me grabó mucho la forma como lo recibieron, con honores y consignas. Sé que lo hicieron de corazón y que también lo sintieron como un hermano. Eso se los agradezco mucho. No se me olvida esa noche porque el cielo también lloró conmigo.

Nunca me voy a conformar por lo que le pasó a mi niño. Yo siempre lo voy a esperar. Hasta la fecha cuando regreso de las caravanas a descansar a la casa, siento que va a llegar. Por eso lucho junto con todos los papás y mamás, porque quiero que todos nuestros hijos regresen.

Ese día 26 todos los muchachos se fueron juntos en los autobuses y lo que les pasó en Iguala les tocó estando juntos, por eso como madres tenemos que seguir adelante, luchando juntas. Yo no me puedo ir de la escuela porque mi hijo no me perdonaría que dejara a sus compañeros. Tengo también la obligación de buscar a los 43 y así lo estoy haciendo. Voy a los lugares donde me comisionan y aunque sé que mi hijo tuvo otra suerte, mi lucha es buscar a los desaparecidos. No podemos permitir que a tres años de no ver a nuestros hijos, el gobierno siga con sus mentiras y en lugar de detener a los policías y militares, se dedica a espiarnos y a matarnos poco a poco, porque saben que entre más tiempo se prolongue la investigación, nuestra exigencia de justicia se va apagando.

La noticia que cambio nuestras vidas

Nosotros que vivimos en Tlaxcala, la noticia nos llegó por algunas compañeras de nuestra hija que estudia en Panotla, Puebla. Por teléfono me dijeron que en Guerrero había un problema grave y que había estudiantes desaparecidos, heridos y muertos, que por lo mismo tenía que irme. Traté de comunicarme con los muchachos que vinieron a realizar el estudio socioeconómico de mi hijo. Ellos también me comentaron “mejor venga a la normal, porque la situación está muy delicada”. Entonces un compadre me dijo “no te preocupes compadre, yo te llevo a Guerrero”. Bien recuerdo que llegamos a la una de la mañana del día 28 de septiembre. Estaba lloviendo. Me quedé en la entrada de la escuela porque estaban llegando los camiones que traían a los estudiantes. Me puse a un lado de la puerta esperando que en alguno de los autobuses bajara mi hijo, pero fue vana mi espera porque nunca bajó. En esa misma madrugada empezamos algunos papás y mamás junto con el Comité Estudiantil a hacer el recuento de los jóvenes que faltaban. Teníamos la duda de que estuvieran detenidos en alguna comandancia de la policía o por el mismo ejército. De algún modo nos tranquilizábamos porque teníamos la esperanza de que al día siguiente los encontraríamos. Nunca imaginé que el mundo se nos vendría encima al darnos cuenta que a tres años, los días pasan sin que el gobierno nos diga dónde están nuestros hijos.

La noticia más dolorosa de mi vida

Como madre soltera originaria de una comunidad indígena, supe lo que le pasó a mi hijo hasta el lunes 29 de septiembre, cuando mi hija fue al bachillerato y ahí el maestro le preguntó “¿cómo está tu hermano?” Mi hija sin saber nada le dijo que lo había visto el 15 en la noche y que estaba bien. El maestro le informó que en el periódico había salido que en Iguala los policías habían matado a unos estudiantes de Ayotzinapa, que estaban varios heridos y que a otros no los encontraban. Mi hija llegó desconsolada con la noticia. Creía que estaba muerto su hermano y que su cuerpo estaba desaparecido.

A las 3 y media del día lunes llegué a la normal. Les comenté a los estudiantes que iba a ver a mi hijo. Me preguntaron por su nombre. Recuerdo muy bien cuando me dijeron “tía, su hijo está desaparecido junto con otros compañeros. Pero no te preocupes, porque ya mucha gente los está buscando”. Caminé sin saber qué hacer hacia la cancha y ahí encontré a una señora llorando que me dijo “no sé qué le pasó a mi hijo, porque no llegó con sus compañeros. Dicen que unos se escaparon de la balacera, pero que a otros los mataron”. Traté de consolarla diciendo “A la mejor están escondidos en el cerro. Ahí van a sufrir de frío pero no de hambre, porque ahorita en el campo ya hay qué comer. Yo espero en Dios de que lleguen bien”. Desde esa tarde triste me quedé a vivir en la normal y es la hora que no he regresado a mi casa, porque, ¿cómo voy a llegar sin mi hijo? No me imagino llegar a mi casa sola, sin saber qué decirles a mis dos hijas sobre dónde está su hermano. Nunca encontraré la calma y el consuelo si no llego a saber dónde anda mi hijo. Por eso estos tres años han sido para mí, como madre que me dedicaba a trabajar en el campo para darle de comer a mis hijos, el sufrimiento más grande que he vivido, porque sola tengo que enfrentar este problema. Al gobierno ya no le tengo miedo, le tengo mucho coraje, porque los que ahí trabajan son cómplices y saben bien quienes desaparecieron a nuestros hijos.

La noticia que más hemos llorado

Esa noche como a las 10:30 más o menos mi esposa todavía pudo hablar con mi hijo. Le comentó que estaban rodeados por policías y que habían balaceado a varios de sus compañeros. Todavía me dio tiempo hablar con él y le dije que tuviera cuidado y que tratara de esconderse. Ya no supimos más porque se cortó la comunicación. Por eso, decidimos ir a la normal para saber qué era lo que había pasado. Ahí supimos que los del Comité Estudiantil también se habían ido para dar apoyo a los de primer año. Tratamos de irnos a esa hora con otros tres padres, pero nos dijeron que mejor esperáramos a que regresaran los autobuses con los estudiantes. Por nuestra cuenta nos fuimos muy temprano los tres a buscar a nuestros hijos a Iguala. Llegamos a la Procuraduría y estábamos seguros que ahí se encontraban. Vimos que varios de ellos estaban declarando. Pregunté a sus compañeros por mi hijo y me dijeron que no estaban seguros si estaba adentro. Entré a los separos y no lo encontré. Lo que hice fue caminar hacia el centro, rumbo a la terminal, para ver si nos cruzábamos en el camino. Ese día nos dijeron que algunos muchachos todavía estaban escondidos en los cerros. Por la tarde nos regresamos en los autobuses a la Normal.

Desde esa fecha no he dejado de buscarlo. Nos hemos puesto de acuerdo con algunos padres para ir por nuestra cuenta y riesgo. Nos la ingeniamos de diferente manera para subir a los puntos donde dicen que los han visto. También vamos a los pueblos y con amigos preguntamos si saben algo. Unos dicen que los de la maña los tienen trabajando. Otros comentan que los han visto caminar por los cerros, porque los mueven de lugar. Varios papás hemos caminado día y noche, por las cuevas y los escondites que usan los que trabajan con la delincuencia. A los de la gendarmería les hemos dado varios puntos para que nos acompañen, sin embargo, vemos que no quieren hacer bien su trabajo. No creo que sean ineficientes, porque tienen todo para hacerlo. Lo que siento más bien es que hay gente del gobierno que está involucrada, y por lo mismo, no les conviene dar con nuestros hijos, porque se van armar los chingadazos.

Llevamos 3 años removiendo los escombros que la PGR amontonó con cientos de expedientes para fabricar su “verdad histórica”. Ocultaron toda la trama de la desaparición de nuestros hijos. Desde Mezcala hasta Iguala, los policías municipales, así como los policías federales y el ejército se confabularon para atacar a los estudiantes. Creyeron que abriendo más la herida de nuestros corazones desfalleceríamos y nos dejaríamos convencer de sus mentiras. Ni el dolor ni el suplicio al que nos han sometido nos han doblegado. En estos tres años nos hemos afianzado como un colectivo que ha podido construir con la solidaridad de miles de mexicanos y mexicanas un movimiento que cimbra al país en pos de la justicia y la verdad.

Desde Guerrero, extendemos nuestros brazos a las familias de Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla y la Ciudad de México, que perdieron a sus seres queridos y se quedaron sin hogares. Queremos  que sepan que desde acá también luchamos por ustedes, que nuestras acciones en este tercer año de búsqueda por nuestros hijos, nos unirán más como mexicanos y mexicanas que seguimos de pie en defensa de la vida.

 

Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan