Opinión El viacrucis de las mujeres trabajadoras agrícolas Abel Barrera Hernández Los peñascos que han soportado los temblores y tormentas fueron testigos de cuando nací en la Montaña de Guerrero, en agosto del 89. Fue en una choza de adobe y zacate. Me registraron como Obdulia Marcos Ramírez, en la comunidad nahua de Ayotzinapa, del municipio de Tlapa. Me invaden los recuerdos cuando iba al río para jugar. Chapoteaba con mis hermanitas y corríamos bajo los frondosos ahuehuetes. La polvorosa brecha la abrieron los abuelos picando piedra. En las veredas se levantaban los remolinos que a veces volaban los techos de zacate. Nuestros mayores decían que eso sucedía cuando pasaba el diablo. Por eso corríamos a escondernos. Mi padre trabajaba en el corte de zacate con los ganaderos de Olinalá. Migró a la Ciudad de México en busca de mejor paga. Mi madre Francisca nunca descansaba; lavaba la ropa y molía el maíz en el metate. Cuando tenía 6 años operaron a mi mamá de una hernia en la ciudad de México. Me fui para cuidarla y mi papá dejó sus vaquitas con mi tío Agustín. Con mis hermanos trabajaban día y noche para pagar la cirugía. Las deudas se volvieron impagables cuando operaron a mi hermana por el mismo mal de mi mamá. Mientras las cuidaba, cuatro hermanas consiguieron trabajaron en la Ciudad de México. Regresé al pueblo tenía muchas ganas de estudiar, pero pronto se casó mi hermana y me tocó cuidar las vacas. La vida nunca me sonrió porque mi papá enfermó y nuevamente nos fuimos a la Ciudad de México. Mis hermanos optaron por cruzar la frontera mientras yo sostenía a mi papá con lo poco que ganaba n una tortillería. Las enfermedades nos perseguían como una maldición. Otro hermano pequeño cayó enfermo. Las hermanas solteras se fueron a los campos agrícolas para costear los gastos de sus curaciones. Cuando cumplí 14 años alcancé a mi hermana Natalia en el campo Chapo, en Sinaloa, donde aprendí a cortar verduras chinas. Desde esa edad supe lo que era trabajar como esclava. Los mayordomos me golpeaban y maltrataban porque no rendía como ellos querían. Había muchas niñas y niños que también sufrían como yo. Para pesar las cajas de las verduras shanghai grande, las teníamos que cargar. Era mi viacrucis, sufría mucho porque me costaba levantarlas. Mi hermana era mi salvación. Las cajas de shanghai baby las cargaba con más facilidad. El checador nos regresaba a los surcos cuando hacía falta peso. Al principio cortaba siete cajas en todo el día. Con el tiempo adquirí más fuerza y habilidades para cargar. Logré cortar 8 cajas y después 10 para que rindiera el dinero. Entre las 5 y 7 de la tarde terminaba muy adolorida, sentía que ya no podía con mi alma. Empecé a migrar más seguido. En la empresa buen año cortaba seis cajas en la mañana y seis en la tarde, pero otros llegaban a cortar hasta 20 cajas en las primeras horas del día. Era como dejar la vida en el surco. El día transcurría tan pesado como cualquier otro. Recuerdo que en el 2007 los mayordomos anunciaron la hora del almuerzo. Como siempre me pasaba, ya tenía mucha hambre, pero siempre trataba de ayudar a los nuevos compañeros porque cortaban más lento. Apoyé a un chavo que venía por segundo año. Estaba acostumbrado a cortar jitomate, pero no sabía cortar verduras chinas. Entre risas y el trabajo duro platicábamos de cualquier detalle. Sentí que el tiempo volaba con su compañía. Así conocí a mi esposo Silvestre, trabajando en los surcos. Pocas veces lo llegué a ver en el pueblo, cada quien en sus trabajos. Nunca imaginé que nos encontraríamos en el mismo campo. Nos casamos en el 2009 de acuerdo con nuestra costumbre; su familia fue a la casa a pedirme. Fijaron la fecha e hicieron los arreglos para hacer la boda con el baile del guajolote. Tan pronto nos casamos nos fuimos a trabajar con su familia. El dinero que ganaba lo guardaba mi suegro para ir pagando las deudas de la boda. Así estuve tres años trabajando para mi suegro. Alicia, mi primera hija, nació en el 2010, y en el 2014 la segunda. Mi suegro se compadeció y me dijo que ya no guardaría nuestro dinero porque teníamos dos hijas. Migramos con mi tío, que también es mayordomo, para que le diera trabajo a Silvestre como cargador de cajas. Cuando mis hijas se enfermaban solo mi esposo trabajaba, porque la guardería de la empresa no me las recibía hasta que se curaran. El trabajo fue más pesado cargando dos hijas en el campo. La tarea la pagaban a 75 pesos y el día a 200, no nos alcanzaba para comer. Don Cruz, mi suegro, se forjó como mayordomo. Se organizó con más jornaleros y jornaleras para reclamar a la empresa que pagaran un sueldo digno. La respuesta fue drástica, despidieron a varios trabajadores, pero logramos que subieran el salario por lo menos algunos centavos. No fue suficiente porque los alimentos siempre tienen un precio más alto. A pesar de mis cuatro embarazos tuve que trabajar para ahorrar un poco de dinero. Mis dos niñas y un niño nacieron en Sinaloa. En buen año tenemos seguro médico, pero perdemos días de trabajo que no nos pagan cuando tenemos que ir al hospital. Me di de alta en el seguro social por mis hijos. Sin saber leer tuve que preguntar para saber qué requisitos pedían. Cuando mis niñas y mi niño se enfermaban tenía que madrugar para que me pasaran a consulta. En León, Guanajuato, mi hijo Cruz de dos años comenzó a llorar inconsolablemente porque le dolían sus ojitos. Lo llevamos al médico al municipio de Dolores y nos dijeron que lo tenían que operar. No teníamos dinero para la cirugía. Le dieron un tratamiento y con mucho esfuerzo se curó. Es triste ser jornalera y madre, trabajar y cuidar a mis hijos, sobre todo cuando están enfermos y no hay dinero para curarlos. Ahora mis tres hijas y mi hijo ya están grandes: Alicia tiene 15 años y es mi ayudante en los campos de verduras chinas. Hace dos años me enfermé, pero mi hija se ocupaba de hacer las tortillas. A veces se iba con su papá a los campos para que le enseñara a cortar las verduras. Me siento mal porque a los 14 años ya se iba a trabajar diario como gente grande. Quise darle estudios, pero como trabajadora agrícola es imposible. Tienes que estar todo el día en los surcos y a nuestros hijos no los podemos dejar solos. No hay quien los cuide y mucho menos hay escuelas para que estudien. El gobierno está lejos de nosotras. Mi hija se queja “ya está todo caro, solo si trabajas tienes dinero para comer, porque en los campos nadie te regala nada”. El sueldo está a 308 pesos al día. Una caja de verduras está en 36 pesos, otras en 22. El chícharo está en 43 pesos la caja, es el más caro. Alicia corta hasta 15 cajas y yo 12. Nuestros cuerpos ya se acostumbraron a soportar estos trabajos. Nos levantamos a las 4 para preparar nuestras tortillas y poner nuestra ropa para ir a los campos. En esta temporada nos levantamos a las 5 porque entramos a trabajar a las 7. Hay días que en el amanecer cortamos kailan (brocoli chino) y en la tarde cortamos chícharo en otro campo. Llegamos a nuestro cuarto rendidas, sin derecho a descansar, porque sigue el trabajo de la casa. En los últimos años empezamos a migrar al campo Jamaica, en Guanajuato porque en Sinaloa hay mucha violencia. La última vez que fuimos trabajamos en el campo Sánchez Celis, pero no pudimos terminar por las balaceras. Nuestra vida está amarrada a los surcos porque de ahí comemos. Así pasó con mi tercer hijo que nació en los surcos. Pasamos horas bajo el despiadado sol, con hambre y con sed para darle a nuestros hijos una vida mejor. Mi esposo se fue a los Estados Unidos, pero ya lo deportaron. Lo golpearon como si fuera animal, lo encarcelaron y le dijeron que ya no lo querían ver más. Como mujer trabajadora agrícola cargamos con la cruz del desprecio, la explotación y la violencia hasta la tumba. Nos exprimen hasta la última gota de nuestro sudor y nuestra sangre mientras 22 super ricos de México concentran toda la riqueza de nuestro país. Publicado originalmente en Desinformémonos Share This Previous ArticleLas nuevas desapariciones forzadas No Newer Articles 2 horas ago