No olvidemos a quienes desde la infancia cargan el pesado yugo de la discriminación. Su vida al ras de la tierra, pasa desapercibida por nuestra vista.

La esperanza de familias jornaleras en los surcos de la explotación

La esperanza de familias jornaleras en los surcos de la explotación

 

 

Esperanzas que vuelan a los campos de la muerte, es un lanzamiento de historias que describen el trajín de sus pasos cotidianos, sus sueños, sus añoranzas, pero también el dolor, la humillación, los maltratos y la discriminación de las familias indígenas jornaleras de la región de la Montaña.

 

 

La Montaña de Guerrero ha estado en el abandono, sin que las autoridades brinden alternativas para el florecimiento humano. Las familias indígenas han cargado con una historia de olvido, discriminación, desprecio de las autoridades, explotación y saqueos en sus comunidades que continúa golpeándolas. Han tratado de sobrevivir con la siembra de maíz y frijol, pero no es suficiente porque algunas ni siquiera tienen tierras y tampoco hay oportunidades de trabajo, padeciendo la pobreza secular a lo largo del tiempo.

Las familias indígenas de esta región montañosa han tenido que salir adelante con el trabajo que realizan en los campos agrícolas. En el estado de Guerrero la población jornalera es de 40 mil. En la Montaña, año con año, entre los meses de septiembre y enero, migran poco más de 15 mil jornaleras y jornaleros a 21 estados del país. Sin embargo, desde el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan consideramos que las estadísticas de la migración jornalera es más elevada. Los municipios con mayor número de familias jornaleras son Tlapa, Cochoapa el Grande, Metlatonoc, Alcozauca, Atlixtac, Xalpatlahuac, Atlamajalcingo del Monte, Copanatoyac, Tlalixtaquilla y Acatepec.

Ante esta invisibilidad de las familias indígenas jornaleras, lanzamos una serie de textos, videos y fotos que condensan la discriminación, los maltratos, la explotación, el dolor, el hambre, las lágrimas en los surcos, sobre todo, sus sueños, esperanzas, sus anhelos en la mano, la vida misma en las enredaderas del campo, el trabajo y sus gritos desesperados por un salario justo.

Estas historias narran desde la oralidad la vertiginosa realidad de familias jornaleras que se enrolan como trabajadoras y trabajadores en las empresas agroindustriales. Sus mismas palabras dejan taladrando la memoria por sus vivencias en los campos agrícolas y sus añoranzas por sus tierras, pues alejadas de la calma de las montañas, tienen que soportar los maltratos de los capataces en los surcos de la explotación.

Estos relatos que lanzamos para visibilizar la problemática y cotidianidad de las jornaleras se remonta a principios de 1970 cuando en la Montaña no había carreteras, centros de salud y escuelas. Las comunidades estaban desoladas. Las familias tenían que caminar largas horas para atenderse en el único hospital del IMSS que se encontraba en Tlapa. La baja producción de maíz y frijol, generó una ola de migraciones, primero, al municipio de Huamuxtitlán en la siembra y cosecha del arroz, y después en el corte de tomate y zacate en el estado de Morelos. Sin embargo, a mediados de los 70 trabajaron en la cosecha del algodón en los campos de Sonora. En 1980 las familias de Alcozauca, Tlapa y Xalpatlahuac llegaron a Jalisco al corte de jitomate. La migración se extendió en la década de los 90, varias familias indígenas se fueron a los cañales de Morelos y Veracruz.

Así arrancamos con los relatos de decenas de familias jornaleras que migran a los campos agrícolas, sin más que sus esperanzas para buscar la vida, ganarse un dinerito para vivir dignamente en una casa y la educación para sus hijas e hijos. Las niñas indígenas también se enrolan en el corte de jitomate y verduras chinas porque en sus comunidades son obligadas a casarse. Sabemos que estas historias necesariamente se cuentan con dolor por las familias que han muerto en el trayecto o en los campos agrícolas.

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