Nota Informativa Margarita vivió con la esperanza de justicia hasta el último aliento Margarita del Carmen Villegas Muñoz a sus 83 años se agarraba de este mundo desde el pasado 7 de febrero de 2026, cuando empezó con la tos. Lo que más le preocupaba era la exigencia de justicia por el asesinato de su hijo Bonfilio Rubio Villegas, perpetrado por elementos del ejército el 20 de junio de 2009. No esperaba que durante 16 años predominara la impunidad hasta su último aliento de vida. La llevaron con un médico que le recetó medicamentos, pero no cedía la tos. El diagnóstico fue la dificultad para respirar y que por eso estaba agachada. El lunes 9 sus hijas tuvieron que llevarla al Hospital del Bienestar de Tlapa para que la atendieran. La recibieron, pero los doctores dijeron que iba muy mal. La canalizaron, le pusieron la mascarilla para nebulizarla y sacarle las flemas. El martes comió un poco y hablaba aún. El miércoles dejó de probar alimento. Era increíble para los familiares que su salud empeorara en pocos días. Además, tenía poco que se había ido para una revisión médica y le habían dicho que estaba bien. «¿Por qué el avance de su enfermedad fue tan rápido?”, preguntó un familiar. -No sé por qué los doctores no quieren decir, quizá desconocen la enfermedad. Yo siento que son las emociones; son sus pulmones, respondió una enfermera. Margarita del Carmen se había mantenido con vitalidad, pero la muerte de Bonfilio le afectó. Intentaba sobrellevar el dolor cuando perdió a su hijo José que falleció en 2022 por un paro respiratorio. En marzo de 2024 su esposo Secundino Rubio perdió la vida. “Nunca les lloró en la tumba. Soportó las emociones que llevaba acumuladas y con el tiempo se deterioró su salud”, explicó Verónica, esposa de José. El sábado 14 los doctores le explicaron que su enfermedad era irreversible. La podemos entubar y esperar que le llegue la muerte. Las hijas platicaron y acordaron que si los expertos no podían hacer nada sería mejor llevarla a la comunidad nahua de Tlatzala. Los médicos señalaron que tenía sus horas contadas. Realizaron los engorrosos trámites que demoraron más de dos horas. “A las 3 de la tarde la trasladamos con un tanque de óxigeno que rentamos a mil pesos en Los Zapotales porque el hospital nos lo requirió para que pudiera llegar a la comunidad. Cuando llegó el tanque de óxigeno se había terminado”, explicó la maestra Verónica. Cuando llegaron a su casa la acostaron. Luego, anunciaron por la bocina que se acercaran los compadres, sobrinos, ahijados, primos para despedirse como es la costumbre. En tres ocasiones se iba y regresaba. Fue cuando me acerqué y le dije: no se preocupe, descanse al lado de sus hijos, de su esposo, hermanos y sus papás. Con lo de Bonfilio vamos a seguir exigiendo justicia. Con las pocas fuerzas que le quedaban me dijo: aunque yo no hablo español quiero que se haga justicia por mi hijo porque era un joven de 29 años. A las 7:25 de la tarde murió por una “pulmonía crónica”, pero con la confianza de que se va a seguir luchando por la justicia para Bonfilio. Después de que murió su hijo José estaba preocupada porque no veía quién podría seguir luchando para exigir justicia para Bonfilio. Nunca pudo asimilar por qué el ejército que debe proteger lo mató. «No tenían por qué matar a mi hijo”, decía sin cansarse. Este 25 de febrero los familiares levantaron su cruz como es su costumbre. Poco más de las 10 de la mañana un rezandero y dos rezanderas empezaron con los rosarios y cánticos religiosos. Más de 80 mujeres y hombres permanecían afligidos. La mayoría de las mujeres se notaba que rebasaban los 50 años, y cada una con su rebozo en la cabeza. La cruz de madera con el nombre tallado de Margarita del Carmen Villegas Muñoz estaba recostada en una mesa, alrededor estaban cinco velas amarillas encendidas. En el piso estaban las flores, veladoras y el sahumerio con el humo de copal estirándose como un hilo. Después de unos minutos un pequeño cuadro de la virgen de Guadalupe pasaba por cada una de las personas persignándose y dándole un pequeño beso como símbolo de despedida con Margarita. En seguida empezaron a levantar las flores, las velas y veladoras. En fila fueron saliendo con ramos de flores y velas. Una niña como de 10 años cargaba la cruz, cuatro señores sostenían los carrizos en forma de urna y adelante iba otra niña con el cuadro de la virgen de Guadalupe. Caminaron con el inclemente sol de la una de la tarde por una calle empedrada y en la siguiente otra que lucía polvorienta. El rezandero y las rezanderas seguían con los cánticos y rosarios hasta que llegaron al camposanto. Al llegar sumergieron la urna de carrizo en el panteón de doña Margarita, y lo mismo hicieron con la cruz. La vida de los indígenas olvidados Doña Margarita del Carmen creció entre la carencia y el hambre. Vivió con sus padres y su hermana, con quien visitaba a su tía Dina. “Cómo quiero a la tía Dina porque nos salva del hambre”, decían con un sentimiento genuino de esperanza y melancolía. La tía Dina vivía con sus suegros, tenían maíz en abundancia, frijol y ganado. Cuando veía llegar a sus sobrinas de inmediato ponía a cocer nixtamal y cocinaba un pollo, aunque sus suegros pusieran mala cara porque les daba de comer. Unos años más tarde doña Margarita se casó con Secundino. La situación no cambió, el hambre seguía siendo un huésped que se quedaba todos los días. Cuando sus hijos nacieron y crecieron siguió ahí como una maldición. “Éramos muy pobres”, recordaba José con los ojos viendo hacia el pasado. Veía nuevamente su infancia, siendo el hijo mayor le tocó ver todas las penurias del padre, a quien acompañaba buscando un poco de maíz con las familias que más tenían. Recordaba sus pasos tristes con el burro cargado de leña, en un terreno baldío “ahí amarrábamos nuestro burrito y vendíamos nuestra leñita, sin hablar español, nada más sabíamos decir ‘sí’ o ‘no’. Sufrimos mucho con mis papás. Nos íbamos a trabajar al monte con hambre porque no había maíz”. En una olla hervía el quelite, el olor abría el apetito, pero las tres tortillas sólo alcanzaban para los más pequeños y un pedazo para doña Margarita que estaba amamantando. Era difícil ver a sus hijos pasando hambre, por eso cuando José dijo que se iba a estudiar la secundaria en Alpoyeca, una luz de esperanza nació en lo profundo. Después empezó la preparatoria, pero por el trabajo en el campo lo necesitaban y regresó a Tlatzala. En 1985 un tío fue a buscarlo para ayudarlo a entrar al magisterio. Así pudo terminar la preparatoria y se volvió maestro. Lo primero que hizo fue hacer una casa de adobe para sus padres, sus hermanos, entre ellos Bonfilio. Share This Previous ArticleHuixtlatzala, pueblo de desaparecidos y desplazados No Newer Articles 2 horas ago