No olvidemos a quienes desde la infancia cargan el pesado yugo de la discriminación. Su vida al ras de la tierra, pasa desapercibida por nuestra vista.

Mujeres que tejen en la Montaña de Guerrero

Mujeres que tejen en la Montaña de Guerrero

María Elena Herrera Amaya

Antropóloga, posdoctorante IIJ-UNAM

Desde el interior de su casa, Martha teje sombreros de palma; sus manos conocen perfectamente el oficio, sus dedos trazan figuras, se entrelazan y giran, moldeando en cada movimiento un trabajo que aprendió de su madre. Mientras teje, observa la televisión, vigila a sus hijos o conversa con alguna vecina que llega a visitarla, siempre sin desatender su oficio y sin que sus manos suelten la palma. “Es fácil”, me dice, “es fácil cuando aprendes de niña”.

Ella aprendió desde que era todavía una niña; recuerda, que en casa de sus padres, su mamá todas las tardes se sentaba en el solar a tejer, mientras que ella tomaba las hebras de la palma que sobraban y comenzaba a imitarla. Junto con otras niñas, entre juegos y risas, vecinas y primas, practicaban el tejido, bromeaban y aprendían las unas de las otras la forma correcta de entrelazar las hebras, primero para tejer una cinta, y luego, para poder darle forma y estructura a un sombrero.

Una vez que creció y dejó atrás la niñez, comprendió que aquella actividad era una necesidad. De joven tenía que ayudar a su madre a tejer sombreros, y ahora, como madre de familia tiene que tejerlos como una actividad con la cual puede reunir algo de dinero, pues “la situación está muy difícil… no hay trabajo acá […] comida no falta, sí hay tortilla, caldito de frijol, pero si quieres carne, no hay; otra cosa, no hay”, comenta al tiempo que señala que en su pueblo no hay nada más, salvo poner una tienda. El único trabajo que conoce es emplearse como trabajadora agrícola y viajar con su familia a Sinaloa o a Guanajuato durante la temporada alta de cosecha,[1] y cortar jitomate, chile, lechugas o verduras chinas, pero por ahora en su comunidad,[2] no hay corte, y mientras tanto, su esposo se dedica enteramente a cuidar las siembras.

En una de las esquinas de su casa va apilando los sombreros que lleva en el día, dos o tres. Cada uno -dependiendo de las demás actividades que realiza al día, como preparar los alimentos, encargarse de la casa, de sus hijos, de salir a la tienda, de acompañar a su esposo al campo, entre otras- le toma aproximadamente unas tres horas de trabajo, a veces más, a veces menos. Todo depende del tiempo que tenga libre para tejer, incluso, a veces, cuando va a la tienda o acompaña a su esposo al campo, lleva consigo el sombrero, caminando y tejiendo.

No se queja, me cuenta que es tardado, pero que al menos es una forma de ganar dinero, aunque el problema mayor lo encuentra en el precio que le dan por los sombreros. A veces le dan 50 pesos por el trabajo de una semana, a veces 80, todo depende de la cantidad de sombreros que logre acabar, de los precios que fijen los compradores y de que tan seguido recorran estos las comunidades de los municipios de la Montaña.

Cada semana o quincena suben las camionetas de compradores de sombreros de palma. Con un altavoz recorren las calles de la comunidad invitando a las mujeres a que se acerquen a vender sus sombreros. Estos, se venden como mercancía, primero en Tlapa de Comonfort, en donde se les da un acabado, y finalmente en Puebla y Ciudad de México (Perez, 2021) a un precio mucho mayor. La producción y comercialización de sombreros en la región Montaña de Guerrero es histórica, y su consolidación como mercado puede rastrearse a la época presidencial de Lázaro Cárdenas, quien dictó las primeras medidas protectoras del tejedor y ordenó al Banco Nacional de Crédito Agrícola para que interviniera en la compra de sombreros (Miramontes, 1949: 135-136). Sin embargo, la falta de regulación de este mercado y el continuo despojo y desvalorización al trabajo de las poblaciones de la Montaña siguen generando, que a pesar del trabajo y tiempo que suponen, siga pagándose a las mujeres tejedoras, un precio muy bajo.

Además, la labor de tejer sombreros sigue percibiéndose como una actividad complementaria, no como un trabajo. La mayor parte de quienes realizan esta actividad son mujeres, y en muchas de las ocasiones, los hombres consideran que ellas “ solo ayudan” a la economía familia mediante el tejido de sombreros, por lo que sobre el tejido, consideran otras actividades como prioritarias, como lo pueden ser la preparación de alimentos, el cuidado de la casa y de los niños, es decir, actividades que tradicionalmente se han pensando, impuesto y significado para las mujeres. Con esto, se invisibiliza el tejido de sombreros como una actividad laboral y económica, se perpetúa la doble jornada para las mujeres, y se invisibiliza su papel productivo y económico dentro de la sociedad.

A veces, cuando hace calor, ya por la tarde, Martha sale a reunirse con algunas vecinas, familiares o amigas; se sientan en el solar de la casa de alguna de ellas, o en la plaza del pueblo o frente al salón de bienes comunales, y ahí conversan, ríen, y tejen sombreros e historias.

 

 

Bibliografía

Miramontes, Hilario (1949) “El sombrero de la palma en la Mixteca de Guerrero”. En Investigación Económica, 9(2), 133-159.

Pérez, Alfonso (2021) “Lo que guarda un sombrero en la Montaña de Guerrero”. En ADN Cultura, 21 de octubre. Disponible en: https://adncultura.org/lo-que-guarda-un-sombrero-en-la-montana-de-guerrero

[1]      Las temporadas altas en estos estados son, para el caso de Sinaloa, entre los meses de septiembre a febrero, y para Guanajuato, de junio a septiembre. Estos periodos de tiempo pueden ser más cortos o largos dependiendo de la producción y de las condiciones climatológicas del año en cuestión.

[2]      Esta conversación tuvo lugar en el mes de junio 2021.

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