No olvidemos a quienes desde la infancia cargan el pesado yugo de la discriminación. Su vida al ras de la tierra, pasa desapercibida por nuestra vista.

Opinión | Cuando los pueblos toman la palabra Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

Este domingo más de 1500 personas participaron en el foro de consulta del Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2019 -2024, en las instalaciones de la unidad deportiva de la ciudad de Tlapa. A pesar de la distancia, llegaron representaciones de los cuatro pueblos indígenas y de la población afromexicana. Fue alentador constatar el nivel de participación y representación que hubo. Un gran número de comisarios, comisariados y delegados plasmaron por escrito y expresaron de forma verbal sus críticas y demandas más sentidas. Desde Cuajinicuilapa hasta Copalillo y de los municipios de la Montaña y Costa Chica, se registraron en las tres mesas para presentar de manera puntual la situación que enfrentan y la necesidad de que se incorporen sus propuestas en el PND.

A pesar del gran esfuerzo que hay por parte del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), de cambiar el formato de la consulta, se siguen reproduciendo los mismos vicios, por la forma como conciben estos eventos las autoridades de primer nivel. ¿Quién coordina el evento? Fue el primer escollo que hubo entre las diferentes representaciones del gobierno federal, estatal y municipal. Quién decide las participaciones y quiénes van a subir al presídium, fueron las preguntas que causaron rispidez y malestar entre los funcionarios que se sentían con las atribuciones de tomar las decisiones. Estas disputas contrastaban sobre quiénes se encargarían de hacer la talacha del foro. Todo mundo se las ingenia para delegar a los demás sin involucrarse en los detalles de la logística. El reacomodo de los mandos a nivel federal y la desarticulación que existe con el gobierno estatal, han dado como consecuencia la descoordinación y desencuentros entre los grupos que empiezan a formarse de cara al próximo proceso electoral.

En este foro quedó evidenciado que tanto autoridades como funcionarios públicos siguen sin entender que en estos foros, los principales actores y protagonistas son los ciudadanos y ciudadanas de las comunidades indígenas y afromexicanas. En lugar de que la clase política se siente y escuche a la gente, que dejó sus trabajos para expresar su sentir, hacen todo lo contrario. Se erigen como los principales protagonistas y son los que toman la palabra para emitir mensajes que nada tienen que ver con el contenido de la consulta. Repiten los mismos clichés de saludar a los jefes políticos y de hablar en su nombre justificando su ausencia. Predomina la adulación, el formalismo burocrático y el exhibicionismo. Dejan en el último plano los problemas que más aquejan a los comuneros y comuneras.

Estos rituales del poder son los que más detesta la sociedad porque tienen claro que son eventos para la fotografía y el lucimiento personal. Es difícil romper con estas inercias, porque las autoridades de los tres niveles de gobierno, siempre arrastran un aire de superioridad que los obnubila, les impide permite tratar de igual a igual a las autoridades comunitarias y a los mismos ciudadanos. La atmósfera que se crea en estos espacios está hecha para reproducir una estratificación política que le da más poder al que tiene poder e invisibiliza al ciudadano común. En estas condiciones se desdibuja el sentido del foro y se le da preminencia a los dichos y hechos de quienes ostentan un cargo público. La presencia de los políticos es más para promover su imagen y cultivar relaciones públicas, que realmente disponerse a participar en las mesas de trabajo y escuchar los planteamientos de la población. Solo están presentes en el ritual de bienvenida, que es el principal momento para los saludos con los aliados y para hacer sentir su presencia ante una población con la que pueden congraciarse. Su mayor preocupación es que haya  un presídium y que aparezca su nombre, para asegurar su saludo y el aplauso correspondiente. Fuera de ese instante todo lo demás pierde relevancia.

Mientras la gente discutía el formato del foro y hacía planteamientos concretos sobre las diferentes temáticas, los funcionarios se placeaban con sus acompañantes para sacarse fotos y saludar a quienes son de su nivel. Sus homólogos. Los contenidos del foro quedaron al margen de sus intereses y preocupaciones. Como siempre se bifurcaron las líneas de comunicación entre gobernantes y gobernados. Entre el público asistente predominó el cuestionamiento sobre la eficacia de estos foros. Se sintió un ambiente de desconfianza y de reclamo, porque manifestaron no eran los espacios ni los tiempos adecuados para analizar la multiplicidad de problemas que enfrentan como pueblos, con las instituciones gubernamentales. No solo se exigieron que se escuche a las comunidades indígenas, más bien lo que se demandaron es que se les tome en cuenta en el presupuesto público, y que sean reconocidos como sujetos de derecho, por parte de los tres niveles de gobierno. Remarcaron que las autoridades tienen la obligación de respetar  sus derechos colectivos, y de no imponer megaproyectos dentro de sus territorios. Fue muy clara la postura de pelear para resarcir los daños ocasionados por el ejecutivo estatal, que restringió sus derechos al imponer una reforma que borra de tajo los derechos conquistados, en sus formas de gobierno y sus sistemas de impartición de justicia.

En el foro emplazaron en todo momento a las autoridades para que hagan presencia en las comunidades, con el fin de que conozcan la realidad y se sensibilicen de la tragedia que cotidianamente enfrentan. Hay cierta desesperación por la desatención y el burocratismo de los funcionarios y porque no ven avances concretos ni resultados tangibles a sus demandas concretas. Lo que más les aqueja a los pueblos es el trato inequitativo que reciben ante la falta de servicios públicos y la carencia de presupuesto para resolver sus necesidades básicas. Reclaman que las autoridades estén ausentes y lejanas, que no tengan tiempo para escucharlos y que no asuman los problemas para ayudarlos a encontrar juntos la solución. No abrazan su causa por la justicia tampoco se solidarizan en sus luchas, para que se respeten sus derechos y se protejan sus bienes naturales.

En el fondo existe un planteamiento claro entre los pueblos indígenas y los afromexicanos, de que se reconozcan plenamente sus derechos, sobre todo a su autonomía y libre determinación. Saben que es insuficiente la apertura de espacios si no se participa en la toma de decisiones y en la asignación de partidas presupuestales. Ya no están dispuestos a ser cómplices de la corrupción de las autoridades, y ser comparsas de sus malas acciones. Tampoco están resignados a recibir migajas ni a tolerar más engaños ni simulaciones. A las autoridades comunitarias se les ha agotado la paciencia, por tanto desprecio, burla y engaños. Por eso cuando toman el micrófono existe sistemáticamente un reclamo ante tanta  indolencia de las autoridades.

Lo más valioso de este ejercicio es el empoderamiento de la población indígena y afromexicana. La irrupción de las mujeres con un discurso bien articulado sobre sus derechos, es una de las expresiones más profundas que está demostrando el cambio de roles desde la base comunitaria. Ya no están dispuestas a que los hombres sigan dictando las leyes que se aplican a las mujeres, mucho menos se han dejado intimidar ante la violencia patriarcal. Las voces de las mujeres contienen una gran fuerza, por la verdad que hay en su palabra, y porque, tienen muchas denuncias que decir a los cuatro vientos. Se les ha obligado a cargar el peso de las violencias y el flagelo de la pobreza y la discriminación. Ya no quieren seguir siendo las sumisas de los hombres, ni guardar silencio ante las complicidades del gobierno que protege a quienes violentan sus derechos. Por eso en este foro las mujeres demandaron respeto y que se les tome en cuenta. Que existan instituciones dirigidas por ellas mismas, y que la equidad sea un principio rector en las políticas públicas. Están dispuestas a dar la batalla para poner un alto a los feminicidios, y emplazar a las mismas autoridades para que impulsen cambios en las instituciones de justicia orientadas a salvaguardar sus derechos.

Este foro en la Montaña dejó entrever, que por una parte existe una clase política que todavía no está a la altura de las exigencias de un pueblo que lucha contra el atraso la violencia y la corrupción. Persiste aún el modelo del político acostumbrado a ver estos eventos como de mero trámite y como si fueran eventos sociales, y no como  espacios para el análisis y la discusión de los grandes problemas que aquejan a la sociedad. Entre tantas carencias y dificultades vemos por otra parte, a autoridades comunitarias, agrarias y a la población en general con mucha disposición e iniciativa para impulsar cambios. A una población empoderada, decidida a transformar esta situación de oprobio y a ya no permitir que los políticos sigan lucrando con los cargos públicos. A pesar de esas señales, vemos que todavía estamos lejos de que las autoridades entiendan cuál es su verdadero papel en un gobierno democrático, de mandar obedeciendo. El foro para los pueblos representó un momento de suma trascendencia, de un significado denso, porque saben que se juegan su futuro. Por eso han tomado el microfono para que su voz se escuche fuerte y lejos

 

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