Derechos de las mujeres Una Montaña de buscadoras y desaparecidas Sarahí Meza Moreno La pendiente estaba muy inclinada. Las hojas secas no dejaban ver bien la tierra, teníamos que agarrarnos de los pinos y bajar el cerro paso por paso hasta sentir que el suelo estaba firme para no desbarrancarnos. Doña Cire, una mujer mayor con pies ágiles, avanzó tres veces más rápido que los demás. No es que se supiera el cerro de memoria, es que la fuerza de su corazón de madre la empujaba a buscar a su hijo hasta debajo de las piedras. No llevaba otra cosa más que un sombrero que la protegía del sol y una rama larga que le cortó su esposo para apoyarse al caminar y rascar las hojas y la tierra si es que encontraba algo sospechoso. De lejos la pintoresca Montaña Alta de Guerrero luce sus colores verdeazulados bajo las escasas nubes que dejan pasar el ardiente sol y que queman la piel después de un rato. A unos kilómetros se dibujaban las casas de la comunidad, como si fuera un cuadro que evoca la tranquilidad y la relajación. Pero el ambiente se distorsiona cuando surge el dolor de una madre que busca desesperadamente a su hijo. No se sabe si está debajo de la tierra, al pie de los ocotes y encinos, la única pista es que la última vez que lo vieron fue en ese tramo de la carretera que va hacia Zapotitlán Tablas. La barranca era profunda y traicionera, pero eso no detuvo a doña Cire. Las autoridades se quedaron atrás, cerca de la carretera, sin bajar la pendiente. Doña Cire se internó en el bosque con su esposo y otros buscadores durante horas hasta rodear el cerro. Barrieron todo, revisaron las laderas con el pico y enterraban la varilla para después oler la punta, pero no había nada, sólo el olor de la tierra húmeda. En sus ojos de madre se dibujaba una esperanza que dolía, pensaba en que tal vez su hijo desaparecido hace cinco meses llegaría a casa diciendo “madre, ya llegué, estoy contigo, ya no tienes que buscarme”, pero la incertidumbre volvía como una bomba que estallaba por dentro. Seguía buscando cualquier rastro, tal vez estaba ahí, bajo sus pies cubierto por la espesura del bosque. Salió del otro lado de la carretera, las autoridades no se percataron del momento en que cruzó, sólo la vieron cuando el otro grupo de buscadoras se asomaron para seguir buscando en conjunto. Traía los pies adoloridos de tanto caminar y la boca reseca, casi sin aire. “No hay nada, madre”, me dijo con un hilo de tristeza y su mirada apagada. Cuando por fin se sentó a descansar y comer algo pudo llorar. Se sentó sobre unas piedras amontonadas y reposó su cara en sus manos. “Me destrozaron por completo, esto ya no es vida, es una desesperación. Me acuesto, me levanto pensando dónde está, dónde lo dejaron o dónde lo tienen”, decía llorando con una voz que transparentaba su dolor. A unos metros Brenda observaba mientras platicaba con otras buscadoras. Se unió a las búsquedas en las montañas de Zapotitlán porque entiende el dolor de doña Cire. Su hermana Yanderi fue desaparecida en Tlapa. Este 1 de marzo cumplió 9 años desde la última vez que la vio y rieron juntas. La ha buscado con más esperanza que resultados. A pesar de la denuncia por desaparición, no ha habido avances en las investigaciones. La fiscalía no la ha buscado, y Brenda tiene que recorrer los escarpados cerros en el corazón de la Montaña que han sido testigos de la violencia contra las mujeres indígenas. Por dentro la incertidumbre la carcome esperando encontrar a su hermana. La ha buscado incansablemente, la última búsqueda fue a finales de febrero en los montes encumbrados de Tlapa. No había ningún camino marcado en el cerro, estaba tan inclinado que hasta los nopales y las piedras se agarraban de la tierra. Era peligroso bajar sin equipo de protección y sin la compañía y asesoría de especialistas, lo único que llevan las buscadoras como Brenda son las ganas de querer saber de sus seres queridos. Bajaba por la barranca llena de espinas, hacia la profundidad de su memoria. Vino a su cabeza aquel día desgraciado, la tarde en que Yanderi le dijo que ya se iba porque el autobús la iba a dejar, pensó en el mensaje que nunca llegó para avisarle que ya estaba en camino hacia la Ciudad de México. Lo más punzante fue cuando la fueron a buscar al cuarto donde rentaba y lo vieron desordenado, como si se la hubieran llevado con violencia. Cada vez que veía tierra removida o piedras amontonadas, de inmediato las quitaba y escarbaba, pero no había nada. Continuó el escabroso recorrido hasta topar con un cantil, no había forma de seguir, sólo rodear haciendo un camino delgado entre los escasos árboles, de un lado topando con el cerro como si fuera una pared y del otro el abismo que bajaba en forma de cascada al fondo de la barranca. El corazón de una buscadora se dividía entre buscar a su hermana y cuidarse para no caer. El silencio melancólico que vino cuando llegamos al punto de reunión era más pesado bajo el cenit. El calor era sofocante. Los recuerdos de Yanderi celebrando la vida de su sobrina abundaban. La pequeña ha crecido y los cariños de su tía persisten enterrados en las raíces más profundas de su memoria. Los deseos de verla regresar y apapacharla siguen siendo una luz encendida. La solidaridad de Delia, otra buscadora, también se ha visto en las jornadas de búsqueda en Tlapa, a pesar de que su mamá, Norma, fue desaparecida en Cuautipan, municipio de Atlamajalcingo del Monte, el 20 de diciembre del 2017. Lleva más de 8 años buscándola. Todo comenzó desde que Norma dejó de comunicarse con su hija. Cuando Delia viajó de Acapulco a la comunidad para ver qué estaba pasando se dio cuenta de que su mamá había desaparecido. En la casa había cabello regado, casquillos y ropa a medio guardar en una mochila. El impacto fue atroz, todo su cuerpo era una combinación de incertidumbre, rabia y dolor. Cuando intentó hacer la denuncia en el ministerio público no la aceptaron, tuvo que hacer varios intentos y esperar días vitales que pudieron servir para encontrarla si las autoridades hubieran actuado rápido. De la noche a la mañana la vida de una adolescente de 18 años se derrumbó. Perdió todo porque sólo se tenían la una a la otra. Su ausencia ha sido un golpe más fuerte que cualquier enfermedad. Sin los abrazos y las palabras cálidas de su madre ha caminado con el dolor a cuestas, con la fuerza de una joven que no es fácil vencer. El tiempo ha pasado lento en una Montaña violentada, donde decenas de mujeres esperan ser encontradas y otras resisten sosteniendo un hogar con el peso de la incertidumbre y el desentendimiento de las autoridades que no buscan a sus seres queridos. El único respaldo que tienen es la organización y la solidaridad de más de 40 familias que se han unido para buscar a sus familiares en el colectivo Luciérnaga. Las mujeres van a la vanguardia; madres, hijas, hermanas, esposas saben que la fuerza de la colectividad es un camino más eficiente hacia la verdad y el paradero de sus seres queridos que la indolencia de las instituciones gubernamentales. También están conscientes del riesgo que implica hacer jornadas de búsqueda por la violencia que controla la región. El peligro se siente durante las búsquedas, la tensión aumenta cuando las observan en silencio, cuidando sus movimientos en los cerros. En algunas comunidades las han vigilado de cerca como lobos feroces, y también les han impedido buscar en determinados espacios. El miedo llega inevitablemente, pero es más grande el amor y el desasosiego que perturba sus corazones y afecta sus vidas. La violencia contra las mujeres indígenas tiene precedentes históricos que se siguen escribiendo. No sólo tienen que soportar los feminicidios, los matrimonios de niñas, la violencia sexual, económica, psicoemocional, física, política, sino también la pobreza sistemática que se yergue en la región. Cientos de mujeres me’phaas, na savis y nahuas salen de sus comunidades para estudiar o trabajar bajo explotación laboral y discriminación. A muchas les han cortado la vida o han sido desaparecidas, las razones pueden ser varias, pero el origen es el mismo: por ser mujeres. Las buscadoras viven en este contexto de violencia patriarcal, y además de resistir el machismo, tienen que luchar todos los días contra la desesperación de no saber nada de sus familiares. Pero continuarán pegando fichas con valentía frente a los ojos inquisidores de la violencia y el machismo. Recorrerán los cerros empinados y las barrancas más escarpadas hallando rastros, y también buscando con vida a las que no han vuelto a casa hasta que estemos todas. Share This Previous ArticleLa violencia contra las mujeres y niñas más allá de las aulas No Newer Articles 2 horas ago