OPINIÓN | Guerrero de raíces profundas

Centro de derechos humanos de la Montaña, Tlachinollan

El señorío de Tlapa-Tlachinollan fue una unidad política rica y poderosa, estratégicamente localizada sobre la ruta principal de intercambio de productos entre la costa del pacífico y el centro de México. El Tlatoani (Gobernante) de este señorío, llamado Lluvia, resultó ser un intermediario vital en el rico comercio de cacao, hule sal, conchas y pescado seco, entre ambas regiones. La Montaña de Tlachinollan era rica en oro de vega y arenas duras necesarias para pulir rocas y gemas consideradas valiosas por los lapidarios mesoamericanos.

Desde 1447 los mexicas intentaron sin éxito conquistar este señorío. No tuvieron otra alternativa que negociar con el señor Lluvia. El embajador Mexica le propuso un trato muy tentador. Reconocerían al señor Lluvia como Tlacatectli (gobernador imperial) de una enorme provincia que abarcaba una amplia extensión del oriente de Guerrero, a cambio de que reconociera y mostrara condescendencia con la Triple Alianza (una confederación de tres unidades políticas compuesta por Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan). Sólo así los ataques Mexicas se detendrían y habría paz en esta provincia sureña. El señor Lluvia entendió que convenía mejor tenerlos como aliados que como enemigos. El poderío de la Triple Alianza era en verdad una amenaza grande para el reinado de Tlachinollan, por el eso el gran Tlatoani de la Montaña hizo gala de sus habilidades diplomáticas para establecer una alianza geoestratégica.

Este episodio histórico de la época prehispánica que va de 1300 a 1565, es fascinante conocerlo, porque ahí se hunden nuestras raíces y se erige nuestra estirpe como hijos e hijas de la Lluvia. Esta historia larga es un buen pretexto para resaltar en este fecha memorable del día internacional de los Pueblos Indígenas para reivindicar nuestro pasado, recrearlo y asumirlo como parte de nuestra grandeza como guerrerenses.

En varias bibliotecas y museos de Estados Unidos, Europa y la ciudad de México se encuentra un amplio acervo pictográfico sobre la Montaña de Guerrero que narra su historia política desde una perspectiva indígena regional desde el siglo XIV. Existen documentos muy valiosos que ya han sido investigados por especialistas mayoritariamente extranjeros que nos dan un panorama de la conformación de una región interétnica que tuvo un gran desarrollo cultural que se manifiesta en sus sitios arqueológicos, sus cerros sagrados donde realizan sus rituales de petición de lluvias, sus códices y lienzos, sus idiomas, su territorio comunitario, su cosmogonía y sistemas normativos. La Montaña también es una región rica en bienes naturales: agua, bosque y minerales. Sus saberes son milenarios y su proceso civilizatorio nos remite a más de dos mil años antes de la era cristiana, con la cultura Olmeca.

Enunciamos algunos de documentos de manufactura indígena como el Códice Azoyú 1, Códice Azoyú 2, Palimpsesto de veinte mazorcas y el Lienzo de Tlapa. Es importante resaltar que varias comunidades Nauas tienen en su poder documentos pictográficos valiosos que hasta la fecha los utilizan en sus ceremonias de cambio de autoridades y en los rituales de petición de lluvias, como el Lienzo de Coachimalco y el Lienzo de Petlacala. Existen el Lienzo de Chiepetlán que guardan celosamente sus pobladores en el museo comunitario y que nos relata pictográficamente el conflicto militar que libraron los pueblos de la Montaña con los Mexicas. La comunidad de Totomixtlahuaca cuenta con una copia facsimilar de su lienzo que describe su espacio geográfico. En la región Na savi se tiene registrado el Lienzo de Zitlaltepec que describe el funcionamiento de un señorío gobernado por una mujer.

La especialista en estudios etnohistóricos Daniela Dehouve tuvo el gran acierto de recopilar en un de sus múltiples publicaciones varios documentos pictográficos de gran valía para la historia del espacio en la Montaña: analiza el Lienzo de Malinaltepec que plasma la historia de la familia Temilitzin, que logró gobernar en un vasto territorio de Malinaltepec que se extendía hasta la Costa chica. Existen varios documentos que hablan de las migraciones de los pueblos que llegaron del centro de México y que se asentaron en la parte oriental del estado, como los relatos de fundación de Xalatzala, municipio de Tlapa; Ocotequila, municipio de Copanatoyac, Tlaquicingo municipio de Tlapa y Teocuitlapa, municipio de Atlxtac.

Tlachinollan de acuerdo con las investigaciones de la doctora Constanza Vega sobre el códice Azoyú 1 y Gerardo Gutiérrez que investigó junto con Baltazar Brito el códice Azoyú 2, fue un señorío pequeño que cubría una superficie no mayor de 50 kilómetros cuadrados, pero con el tiempo logró establecer su dominio sobre una gran cantidad de Altepetl (poblaciones originarias con territorio propio) que en conjunto se extendían sobre una superficie de entre 4 mil a 6 mil kilómetros cuadrados. Este proceso expansionista duró 221 años. Un período que abarcó de 1300 a 1521. Tlachinollan permaneció como un señorío independiente de cualquier otro reino o imperio, por lo mismo su proceso de consolidación de su gobierno se realizó con sus propios recursos y estrategias político-territoriales. Para 1516 Tlachinollan contaba con una población que rebasaba los 50 mil habitantes, contando con una dinastía bien establecida de gobernantes descritos en los dos códices de Azoyú.

Esta mirada larga de la Montaña nos permite adentrarnos al mundo de nuestras raíces que no solo desconocemos, sino que muchos guerrerenses lo niegan y lo desprecian. La clase política está muy lejos de conocer el pasado que le da sustento a lo que ahora es Guerrero. Se atreven a gobernar sin respetar las culturas y los territorios que nos dan identidad, donde se encuentra el núcleo de nuestro patrimonio tangible e intangible. Con la obsesión enfermiza de querer hacer negocio con cualquier empresa extranjera, sobre todo con las mineras y de turismo mundial, no les interesa saber que en varias regiones del estado donde existen concesiones mineras como en la zona Centro, Norte, Tierra Caliente y Montaña existen más de un centenar de concesiones mineras, siendo territorios donde hay asentamientos prehispánicos.

Para los tecnócratas que nada saben de historia y cultura prehispánica nada es más importante que las inversiones. Por eso no pasó nada que hayan destruido sitios arqueológicos en Paso Morelos cuando construyeron la autopista del Sol. Nada dijeron con la destrucción de vestigios arqueológicos que había en el ejido de Carrizalillo, donde han devastado todas sus tierras productoras de mezcal, contaminando el afluente del río balsas.

En el contexto de la guerra contra el narcotráfico el ejército ha destruido adoratorios prehispánicos en Metlatónoc, Cochoapa, el Charco. Hubo casos que en plenos rituales de petición de lluvias detenía a los sabios indígenas por realizar actos de idolatría y porque era gente sospechosa. Su ritualidad en las cuevas y en las cimas de la Montaña, por tratarse de ceremonias clandestinas las consideraban como acciones encubiertas ligadas con la guerrilla. En el Charco, los militares destruyeron un sitio ceremonial que les sirvió como trinchera el día que masacraon a 11 indígenas, entre ellas un estudiante, en la madrugada del 7 de junio de 1998.

El patrimonio arqueológica y natural de los pueblos indígenas de Guerrero sistemáticamente ha sido destruido por saqueos, despojos, guerras, políticas etnocidas, programas individualista, campañas de esterilización forzada, divisiones comunitarias por los partidos políticos, megaproyectos como la presa hidroeléctrica que han querido imponer en los bienes comunales de Cacahuatepec. Proyectos mineros, narcotráfico y ahora con las zonas económicas especiales que quieren emprender el gobernador Héctor Astudillo con el gobierno de China en la región de Zihuatanejo y la Unión.

Este modelo económico extractivista no solo esta devastando el territorio sagrado de los pueblos originarios de Guerrero sino está minado por la violencia que han impuesto los grupos de la delincuencia organizada. Ahora varios lugares donde hay vestigios arqueológicos o son zonas estratégicas para la preservación de nuestro habitar, están controladas por los cárteles de la droga. Persiste una disputa a muerte para ocupar cuevas, barrancas o cerros vigías para atrincherarse y enfrentar a los adversarios.

No solo hay una destrucción de nuestro patrimonio, también hay acciones gubernamentales que reproducen el racismo y la discriminación entre los pueblos indígenas. La misma asignación del presupuesto público está vetada a las comunidades indígenas. Ellas no pueden manejar directamente los fondos municipales, porque le dan preeminencia a las empresas constructoras, que son las beneficiarias de la obra pública. Se imponen paquetes tecnológicos para el campo con la finalidad de hacer dependientes de las trasnacionales como mosanto, para acabar con los saberes milenarios sobre la agricultura orgánica. Se imponen obras que no son las más prioritarias para las familias como canchas techadas y calles encementadas, para que los políticos hagan negocio redondo al crear sus bodegas que se dedican a vender material de construcción. No impulsan la producción de alimentos entre los pequeños productores para garantizar la autosuficiencia alimentaria y abatir la desnutrición infantil. Los pueblos siguen siendo vistos como objetos de conmiseración y no como sujetos de derecho público capaces de construir su futuro, así como forjaron hace siglos una gran civilización basada en la comunitariedad y en los valores del respeto, la igualdad, la equidad, la solidaridad y el cuidado por la madre tierra que también tiene derechos. Estas raíces profundas de Guerrero es lo que ha permitido que los pueblos resistan y luchen por un cambio centrado en los derechos de los pueblos, en la justicia distributiva, en la democracia donde el pueblo manda y en el combate a fondo de la corrupción y la impunidad.

Sobre todo para que dejemos de tratar a los pueblos indígenas como inferiores y atrasados, por el solo hecho de portar otra cultura, hablar otro idioma, tener una cosmovisión diferente a la occidental, poseer la tierra de forma comunal y ejercer un gobierno forjado en los acuerdos de asamblea.

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