OPINIÓN | Lo que el viento de la elección se llevó

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A 32 meses  de que el licenciado Héctor Astudillo Flores tomara protesta como gobernador del estado, de manos de José Antonio Meade, quien llegó en representación del presidente Enrique Peña Nieto, se realizó la elección para presidente de la República. En nuestra entidad la coalición “Juntos Haremos Historia”, encabezada por Andrés Manuel López Obrador superó  todos los pronósticos quintuplicando los votos ante el candidato de la coalición Por México al Frente, Ricardo Anaya y triplicando el número de sufragios al abanderado de la coalición Todos por México, José Antonio Meade.

La elección para senadores también la ganó esta coalición con el 48% de los votos emitidos a favor de Félix Salgado Macedonio y Nestora Salgado García. De los nueve distritos electorales para diputados federales ocho corresponden a la misma coalición y solo el sexto distrito obtuvo la mayoría de votos la coalición Por México al Frente.  Este referéndum nacional alcanzó una votación histórica que llegó a 53%. Es un resultado que ningún candidato a la Presidencia de la República había logrado desde la reforma política de 1977 cuando se dio el cambio de un esquema de partido hegemónico a un modelo pluripartidista. El plebiscito electivo llega justo a la mitad de la administración del gobernador Héctor Astudillo. De acuerdo con la lista nominal del INE existe un registro de 2 millones 506 mil 912 guerrerenses dentro de la lista nominal, de los cuales un millón 18 mil 163 emitieron su voto por Andrés Manuel López Obrador representando el 64.1 de la participación ciudadana.

Las elecciones resultan ser un escaparate en este modelo de democracia electoral, donde los ciudadanos y ciudadanas tiene la oportunidad de expresar en una boleta su preferencia por algún candidato o candidata. Son como las ventanas que permiten ventilar un sistema democrático amurallado por los partidos políticos que tiene como guardianes a los candidatos que logran alcanzar la victoria, erigiéndose como los centinelas de un régimen partidocratico. La irrupción del electorado en las urnas fue una expresión del sentimiento más profundo de la sociedad mexicana. La contracara de esta victoria de los ciudadanos y ciudadanas de a pie es la debacle de los partidos políticos que quedaron desdibujados y disminuidos ante el tsunami mexicano que colocó en la cima del poder a López Obrador. Esta lección que el electorado le dio a los partidos políticos es para obligarlos a cambiar o a desaparecer. No pueden seguir pisoteando los derechos de los ciudadanos y ciudadanas, mucho menos ignorando sus demandas o traicionando sus aspiraciones de justicia. Les han quitado ese aire de grandeza y engreimiento y los han reducido a su mínima expresión. Varios partidos están en la lona y a punto de perder su registro. Hasta ahora están tomando en serio que sin el apoyo de la población pueden desaparecer del mapa político porque sin los electores son un cero a la izquierda.

La jornada electoral colocó a los partidos políticos y a sus cúpulas frente al espejo. Experimentaron lo que significa ser ignorados por la ciudadanía, ser despreciados por su felonía y recibir el castigo ejemplar de la gente que ha tenido que soportar las acciones pendencieras de los políticos y sus acuerdos cupulares marcados por el atraco y el despojo del patrimonio nacional. Es la factura cobrada por el festín que celebraron tanto el presidente de la República como las cúpulas partidistas que firmaron el pacto por México para imponer las reformas estructurales. Los grandes negocios que han hecho al amparo del poder ha significado hambre, analfabetismo, enfermedad, desempleo, violencia y muerte para la mayoría de la población que ha quedado sometida por un régimen basado en la corrupción y la impunidad.

La sociedad ya no tolera a los partidos políticos que se han transformado en parcelas de poder para las elites políticas que actúan como caciques o jefes de tribus, expertos en hacer concesiones políticas a cambio de prebendas económicas. Son los que le han puesto precio a las curules y a los cargos de primer nivel. Hacen alianzas  interpartidarias en nombre de la democracia para mantener negocios turbios. Han trivializado la lucha política partidaria y actúan como mafias de poder para agandallar cargos y cometer atracos al interior de las instituciones que administran, son gerentes sin ética, simples funcionarios llenos de arrogancias que están muy lejos de actuar con una visión de Estado. Sus ambiciones personales les impiden tener una mirada profunda de lo que representa el poder de los ciudadanos.

El hartazgo de la sociedad que tocó fondo en este proceso electoral se debe en gran medida a la corrupción de los políticos, que para la cultura mexicana se han erigido en personajes siniestros porque dicen una cosa y hacen lo contrario; actúan de mala fe, aparentan ser respetuosos de la legalidad pero en la práctica violentan de manera sistemática el estado de derecho. Públicamente se rasgan las vestiduras contra los que cometen delitos y amenaza con aplicar todo el peso de la ley, sin embargo por la vía de los hechos son comparsas de este entramado delincuencial. Se llenan la boca afirmando que tienen un compromiso con la población más pobre, sin embargo el presupuesto público destinado para abatir el rezago social se lo roban impunemente. La corrupción no es un problema que se da en ciertos sectores del gobierno. Es más bien un asunto que está en el corazón de las altas esferas del poder. Varios  presidentes de la República han sido emblemas de la corrupción. Su poder omnímodo los transforma en seres intocables y más bien aparecen como figuras venerables que a la postre tiene infinidad de devotos que siguen su ejemplo. Los gobernadores que han sido encarcelados o que enfrentan procesos penales aparecen como los virreyes de esta cleptocracia. Toman la entidad que gobiernan como su feudo y asumen el rol de jefes de las mafias, toman el control de los negocios lícitos e ilícitos y tienen como sus mejores aliados a las principales organizaciones criminales que asumen el papel de guardianes del régimen.

Otro problema grave que existe en la burocracia gubernamental es que en los últimos 30 años las generaciones de políticos se han formado dentro del caparazón de la corrupción. Los que ocupan los principales cargos están muy lejos de contar con el perfil idóneo, hay una pésima preparación de estos personajes con poder, su único mérito es el compadrazgo y la lealtad política. La ausencia de un servicio civil de carrera da pie para que se siga premiando a quienes mal administran los recursos públicos. No existe un sistema de rendición de cuentas efectivo, todo queda en la simulación y en información maquillada. Es paradójico que en un sistema donde esta tan acendrada la corrupción sean muy contados el número de políticos que son procesados penalmente por estos casos.

El grave problema que se vive al interior de los partidos políticos es que dejaron de ser institutos inspirados en principios ideológicos con un ideario político claro. Con el tiempo en sus enroques con la clase gobernante dieron paso al pragmatismo que devino en una casta de políticos amafiados que tomaron por asalto al partido actuando como una camarilla de delincuentes. Aprendieron a negociar los cargos públicos y a votar por reformas a cambio de regalías materializadas en millones de pesos. Los partidos políticos se olvidaron de los ciudadanos y las ciudadanas, solo se acordaban de ellos en los procesos electorales, por eso les han dado un trato de clientelas políticas que con facilidad pueden comprarles el voto y regalarles tortas o una despensa. La denigración de esta relación con el electorado fue carcomiendo sus mismas estructuras partidarias que desde el interior de los mismos partidos se encargaron de resquebrajarlas para cavar su propia sepultura. Los partidos y los mismos políticos que se asumieron como generales de la tropa han cosechado la hierba mala que sembraron. Sus actuaciones pendencieras y su colusión con grupos delincuenciales los ha puesto contra la espada y la pared donde el veredicto ciudadano los ha condenado por traicionar la voluntad popular. El voto de las y los guerrerenses ha marcado un nuevo derrotero político en nuestro estado. No puede seguir esta situación de violencia que nos desquicia, mucho menos mantener el ambiente de impunidad que es el sello distintivo de las autoridades encargadas de investigar los delitos. Es insostenible encubrir una casta de políticos corruptos y permitir que solo entre los jefes se turnen los cargos. Le ha hecho mucho daño a nuestro estado el poder caciquil, que en la práctica se traduce en el control férreo del presupuesto público y de los grandes negocios privados. Esta forma de gobernar ha sido siempre tomando acuerdo bajo la mesa, consintiendo a los grupos que delinquen y dejando florecer la economía criminal. Hacen faltas contrapesos políticos reales, de representantes de los pueblos que estén dispuestos a dar la batalla para combatir las acciones delincuenciales de quienes están obligados a velar por los derechos de la gente. Las organizaciones ciudadanas y las mismas comunidades se han vista orilladas a tomar carreteras y a ejercer su derecho a la protesta en las vías públicas porque no hay canales institucionales que atiendan sus demandas. Los rezagos sociales que son históricos son parte de esta forma de gobierno acostumbrado al atraco y a la extorsión del presupuesto público. El desempleo que se ha generalizado en la ciudad y el campo es el indicador más funesto de como la clase gobernante se ha desentendido de la clase trabajadora al no implementar una estrategia que aliente la creación de nuevos empleos. Las mismas noticias que dan los políticos sobre los ingresos millonarios por la actividad turística. La población pobre nunca ha sabido que estos recursos se materialicen en beneficios para sus colonias y comunidades, por el contrario lo que sobresale en las dependencias de gobierno son sus deudas millonarias, sus carencias presupuestales y su nula inversión para nuevas obras. Es la población analfabeta, las personas que padecen enfermedades crónico-degenerativas, los jóvenes que no tienen recursos para continuar sus estudios de nivel medio superior, las mujeres que sufren la violencia y la discriminación institucionalizada, los niños y las niñas que tiene que trabajar en las calles y en los campos agrícolas, los familiares de víctimas de desaparecidos y asesinados, los migrantes que son criminalizados, los sectores de la población que son crucificados por este sistema corrupto donde los políticos siguen el ejemplo de Poncio Pilatos de lavarse las manos y de seguir lucrando con el poder público.

La elección del primero de julio es la mejor enseñanza que los ciudadanos y ciudadanas le dan a los partidos políticos y a toda la cauda de personajes que han desquiciado la vida pública y nos han atrapado en el laberinto de la violencia. Es una elección para cambiar el rumbo, un viento nuevo que sopla en favor de quienes a diario salen de su casa para trabajar en la construcción de un mundo más justo. Este mismo viento de la elección se lleva a los partidos políticos y sus camarillas que se olvidaron de un pueblo heroico.

 

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

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