Desaparición Búsquedas ante el asedio de la delincuencia y la indiferencia de las autoridades La búsqueda de las personas desaparecidas tiene diques. Los retenes de la delincuencia en la Montaña de Guerrero impiden la entrada a los puntos críticos. Ellos deciden en qué lugares se pueden hacer los recorridos y las búsquedas. Para realizarlas hay que identificarse y detallar los puntos que se pretenden recorrer. De 25 puntos programados del 23 al 27 de febrero solo 3 se pudieron explorar de manera superficial. La jornada inició en las entradas y salidas de Tlapa, pegando las fichas de las personas desaparecidas. Su difusión fue clave para visibilizar esta problemática creciente que se ha normalizado en la región. Subir a la comunidad me pháá de Huixtlatzala, municipio de Zapotitlán Tablas, implicó toparse con autoridades municipales que evaden su responsabilidad de velar por la seguridad de la población. Los cuatro ministerios públicos de la fiscalía del estado de Guerrero (FGE) y personal de la comisión nacional de búsqueda acudieron al ayuntamiento para platicar con el presidente, pero no los atendió. Los policías municipales al saber de las búsquedas advirtieron que ni ellos podían subir porque “no es fácil entrar”. El colectivo Luciérnaga reclamó a los ministerios públicos la improvisación de su trabajo, “no venimos a pedir permiso, por eso debieron haber hecho antes las gestiones con el comisario municipal para llegar y buscar a nuestros familiares”. La situación se tensó más cuando un agente del ministerio público responsabilizó a las familias de que no hayan informado del clima de inseguridad que hay en la región. Faltaron a la verdad porque Tlachinollan y las buscadoras habían comunicado a la fiscalía de las dificultades que existen para entrar, pero los ignoraron. Para garantizar la seguridad de la caravana sólo iba una patrulla de la policía estatal, otra de la guardia nacional y una más del ejército, al final se sumó una patrulla de la policía estatal de Zapotitlán Tablas. Lo primero que observaron fue a civiles armados apostados en el cerro. El llegar a la entrada de la comunidad la caravana fue rodeada por la gente armada. Se presentó el comisario y algunos principales. Escucharon la petición de recorrer algunos puntos dentro de su territorio. El comisario aprovechó la presencia de los grupos de seguridad y del ministerio público para reclamarles “el gobierno no llega cuando se desatan las balaceras.” Increpó “por qué vienen aquí, vayan a los cerros de otras comunidades.” Una madre buscadora al escuchar la postura dura del comisario, desde su corazón destrozado les dijo “lo único que queremos es encontrar a nuestros hijos.” El comisario aceptó que pasaran bajo dos condiciones: que la gente que llevaba cubrebocas se los quitara, incluyendo los militares, los de la guardia nacional y la policía estatal, porque “nosotros no somos delincuentes” y también dijo que acompañarían a la caravana de búsqueda en todo el recorrido. Iniciaron la caminata rumbo a la comunidad. Lo primero que observaron fueron casas destruidas. En otras sobresalían las enredaderas que cubrían el techado, con las ventanas oxidadas y los vidrios quebrados. Algunas familias de la región rememoraron la masacre de hace varios años donde fueron asesinadas más de 20 personas. Los cuerpos quedaron tendidos en las áridas calles. Nadie se atrevió a levantarlos. El horror se apoderó de los pobladores que optaron por salir de la comunidad. El recuento desde 2016 es de 95 personas asesinadas, 9 desaparecidas y más de 150 familias desplazadas. Son pocos los niños que ahí habitan. En la primaria hay 60 alumnos. La escuela completa pasó a ser de multigrado. En el día de la búsqueda el centro educativo parecía abandonado, sin maestras ni alumnos. Muchas casas están deshabitadas. En las calles desoladas abundan las cruces y casas derruidas con algunas perforaciones de balas. Las buscadoras y buscadores contemplaban un pueblo fantasma, solo acompañados por los que controlan esta comunidad. El comisario municipal y su comitiva guiaron la caravana a la laguna de drenaje. Descendieron de los vehículos y caminaron a la zona de búsqueda. Desde un encino frondoso se desplegó la brigada por la ladera de un cerro con barrancas donde se encontraron carros desvalijados y quemados. Se hizo un barrido de un kilómetro, pero no hubo nada sólo restos de huesos de animales. El segundo punto fue el de los carrizos, ahí el comisario se negó a entrar, argumentó que no se podía porque era una propiedad privada. Se le insistió, pero dijo que mejor hablaran con el dueño. Tocaron la puerta, pero nadie respondió, la casa parecía abandonada. La zona de los bambús se ubica a unos pasos del preescolar, pero pasó lo mismo. En el punto del camposanto tampoco dejó revisar a los alrededores. De los 5 puntos, sólo se recorrió uno. La brigada decidió salir del pueblo porque era claro el mensaje: no permitir la búsqueda donde hay indicios de fosas clandestinas. En la comunidad de Alteopa también eran cinco puntos, pero el comisario manifestó que sólo se podían recorrer los terrenos que no estaban cercados con alambres de púas porque son propiedad privada. No hubo otra alternativa que buscar en otros puntos fuera de una región donde los asesinatos y desapariciones son recurrentes. En El Otate, municipio de Tlapa, las buscadoras y buscadores descendieron por un cerro empinado. Las autoridades pensaban rodear el cerro y subir para hacer la búsqueda por la forma inclinada del terreno, pero los minutos transcurrían y los familiares tomaron la iniciativa de empezar a descender. El peligro de caer sin llevar protección ni herramientas de rapel no representó un impedimento para caminar en las laderas y en los filos de los cerros. Su experiencia y sus habilidades para bajar barrancas demostraron su pericia, pero sobre todo la fuerza que los mueve para buscar a sus seres queridos. Al llegar a la parte baja del cerro una comisión de buscadores volvió a subir para hacer otro recorrido sin tener resultados. La Comisión Nacional de Búsqueda utilizó el georradar en una superficie plana. En un punto se detectó una “anomalía”, pero fue una falsa alarma. Para las familias estos aparatos “no sirven para encontrar personas.” El jueves 26 las búsquedas iniciaron en la comunidad de Ocote Capulín, municipio de Acatepec. La Fiscalía contó con el apoyo de las autoridades para hacer las búsquedas. La brigada se internó en un bosque húmedo, pero no encontraron algún indicio. Cuando bajaron se toparon con un túnel. Lo revisaron, pero solo había frascos de medicamentos. Al otro lado del túnel el cerro continuaba lleno de encinos y zarzales. Los familiares siempre tomaron la delantera. Su corazón los dirigía sin titubear. Las espinas de las zarzamoras se enterraban en sus ropas y en su piel. Las partes empinadas eran muy pesadas y las caídas fueron inevitables, sin embargo, el dolor de la ausencia es más grande que cualquier accidente. Cerca de las 3 de la tarde las buscadoras vieron una barranca que querían revisar. Buscaron el camino más accesible para bajar, sin embargo, cuando se disponían a proponer la ruta, el equipo canino de la fiscalía caminó hacia el grupo para comentarles que varias camionetas de policías comunitarios y ciudadanos habían puesto un retén y se estaban organizando. Su temor era que los detuvieran. Los funcionarios argumentaron que era una zona peligrosa y que había que salir. Comentaron que no querían exponer a los familiares, sobre todo a su equipo. Preguntaron a las familias, pero más con el afán de desanimarlas. La gente se vio obligada a parar la búsqueda, ante la presión y la prisa de los funcionarios. Al emprender la marcha el supuesto retén estaba colocado por seis policías comunitarios con dirección a Tlacoapa. La caravana pasó sin ser detenida. Las camionetas llenas de gente eran pasajeras del municipio de Tlacoapa con rumbo a Acatepec. Fue claro que los funcionarios buscaron un pretexto para alarmar a las familias sin que les importara abandonar la búsqueda. La falta de sensibilidad también se evidenció al siguiente día en el punto de búsqueda cerca de Chalma, municipio de Atlixtac. El cerro iniciaba con una caída muy empinada y las hojas secas de ocote provocaban que el suelo estuviera demasiado liso. Las buscadoras se adentraron para no perder tiempo porque el punto de búsqueda era extenso. Las familias revisaron con cuidado en la profundidad de una barranca, caminaban por las laderas haciendo camino del ancho de un pie. Se guiaban por la necesidad de encontrar alguna pista de sus desaparecidos. Por su parte, la mayoría de funcionarios permanecieron cerca de la carretera, a unos metros de los vehículos. Justificaron su trabajo sacando unos costales semienterrados llenos de raíces y tierra. En las orillas había un basurero donde se encontraron prendas de ropa, zapatos de una joven, calcetines y tenis. A pesar de que el antropólogo físico de la CNB explicó casi al inicio de las búsquedas que muchas veces cuando entierran un cuerpo echan basura encima, no revisó el basurero ni las prendas encontradas. Se limitó a decir que parecía que las habían tirado, pero que no era ninguna certeza. Para las familias estos objetos son claves y no les restan importancia. Uno de los buscadores se apresuró a preguntar cómo eran las prendas cuando escuchó que se encontraron en la basura. Su expresión tuvo un brillo de esperanza porque podían pertenecer a un ser querido, pero para los integrantes de la CNB y la fiscalía fue algo trivial. Al final de la última jornada las familias concluyeron que las búsquedas fueron desorganizadas, “no se ve que las autoridades estén interesadas ni preocupadas por buscar a nuestros seres queridos. Las búsquedas se hicieron sin ganas. No sienten nuestra desesperación, no entienden que esto ya no es vida”, dijeron los familiares con la voz quebrada cuando retornaban a Tlapa. Los equipos de seguridad solo dan vigilancia a las autoridades y no a las familias que corren más riesgo. Acudieron sin preocuparse por conocer las comunidades indígenas, por saber la estructura organizativa de las comunidades y la orografía de las zonas. Al final de la jornada las autoridades pudieron descansar y ocuparse de otras actividades, sin embargo, las familias indígenas regresaron a sus hogares con el corazón maltrecho y la rabia contenida. Share This Previous Article8M: cárcel a dos militares por tortura sexual No Newer Articles 2 horas ago