Violencia de género La violencia contra las mujeres y niñas más allá de las aulas Diana Deysi Juárez / Maestra de la comunidad de Arroyo Prieto Mi nombre es Diana, pero hace 8 años mi nombre cambio por ser MAESTRA. Desde que estaba terminando mis estudios en la escuela Normal de Tlapa, en mis prácticas de estudiante normalista mis profesores nos llamaban ya como maestras. Donde impartía mis prácticas con niños y niñas de preescolar de primer grado, algunos con su lenguaje más fluido y otros con el término de MAETA, era muy bonito oírlos. Fue pesado cumplir mis sueños de ser maestra. Con escasos recursos pude salir avante en mis estudios. Imaginé que al terminar la escuela iba a terminar el viacrucis, pero empezó la pesadilla de los trámites engorrosos en la Secretaría de Educación Guerrero (SEG). Cuando ingresé al magisterio fue un proceso de ocho días. Realicé tres visitas en distintos momentos donde llevaba mi documentación en orden para que el jefe de sector pudiera firmar, pero se negó por acuerdos que ya tenía con otras personas. No sabía la causa y le cuestioné si había algún error en mis documentos. Me respondió –“no, pero no te firmaré ahora”. Estaba angustiada porque era la primera vez haciendo las vueltas que se suelen hacer en la SEG y aparte buscar a personas que serán tus próximos acreditores en la comunidad escolar como es el “JEFE DE SECTOR Y SUPERVISOR”. Un compañero que me encontré en las oficinas de la SEG se acercó y me pregunto cuál era mi situación. Le expliqué lo que había pasado y de inmediato verificó, sin embargo, todo estaba en orden y no se justificaba que el jefe de sector no me firmara, sobre todo cuando es lo único que debe hacer. Mi amigo me recomendó ir a la comunidad donde debía presentarme a trabajar. Luego me dijo que “quizá porque eres mujer esté buscando otra cosa” el jefe de sector. Yo inocente le pregunté: ¿qué cosa? “Eres mujer y estás bonita y casi siempre los que detentan cargos superiores son maleantes en ese aspecto, espero me entiendas y no te ofendas”, me aclaró el compañero. Me dejó pensando todo el día. Mi segunda visita fue en otro espacio donde se encontraba en una reunión el jefe de sector. Esperé que terminara para poder ir a saludarlo y mostrarle mis papeles, y pedirle de favor que me firmara, de lo contrario mis pagos se retrasarían, se rió y me dijo que no lo haría y se fue. Ya llevaba cinco días así y sin respuesta de ningún otro lado. Lo peor es requerían la firma de este nefasto personaje. Me quedé pensando muchas cosas feas, que si recibir un trabajo que desde pequeña anhelaba, valía la pena rogar, hacer cosas en contra de la voluntad de una. Sentí coraje a la mañana siguiente cuando me marcó el jefe de sector, dándome la dirección de su domicilio donde lo podría encontrar para que ahora sí me firmara. Me puse contenta, pero traté de ir vestir de manera informal para poder pasar desapercibida. La verdad tenía miedo y dudaba. Recuerdo cuando mi mamá me dijo por qué iría así a la presentación y que buscara algo presentable para la ocasión, pero hice caso omiso y salí. Cautelosa le pasé la dirección a mi mamá y a una amiga, afortunadamente era vecina la colonia. Cuando llegué me reiteró que no me firmaría porque yo no llegaría a laborar a esa escuela si no en otra. Me pidió que regresara a la SEG para pedir otro papel y pidió a unos maestros que estaban ahí que me acompañaran. Fue molesto para mí porque pudo decirme con anticipación. Fui a la SEG con las indicaciones que me dio el jefe de sector, se molestaron y me sugirieron que le sacara copia por si se suscita. Les agradecí y salí con el papel en la mano y nuevamente empecé a rellenar desde cero con otros datos que no venían en mi nombramiento, pero que fueron indicaciones del jefe de sector para reubicarme donde hay “mayor necesidad”. Acerté a todo y me marché. Llegué a la comunidad de Arroyo Prieto, municipio de Cochoapa el Grande, enclavado en la Montaña de Guerrero. Poco a poco me fui dando cuenta de la realidad que atravesaban las niñas y los niños, muchos con carencias. “Maestra, maestra” se repetían las voces de los infantes todos los días. Unos años más tarde resuena una palabra muy fuerte: MAMÁ, por mi pequeño hijo de apenas tres años. El ser maestra y madre me ha sido una tarea muy compleja y un compromiso aún más grande con la sociedad. Ya no solo es atender a niños en apoyo a sus conocimientos y capacidades y, aún más, ante la modernidad del uso de la tecnología, ahora es 24/7 atender y buscar la manera de ejercer valores, es decir, no sólo es enseñar, sino forjarlo en una persona. En la comunidad donde laboro lamentablemente las niñas y niños no pueden llevar un noviazgo, sobre todo, cuando los comprometen para unir su vida. Si a las niñas las ven platicando con algún varón, las casan con o sin su consentimiento porque según ellos “ya perdió el respeto”. Hace ocho años cuando recién ingresé parecía que había temporada de casamiento. Recientemente con el telebachillerato se notó que empezó a disminuir este proceso que en sí era venta de niñas. En la celebración del casamiento pedían dos reses, cientos de cartones de cervezas, entre otras cosas y la cuota que según ellos deben pagar a la familia de la mujer. En el rostro de varias niñas se veía la resignación. Lamentablemente como profesores hemos sido cómplices de estos actos porque hemos visto, escuchado y convivido en este ambiente hostil. Lo han normalizado y nosotros por temor, y en su momento sin tener las herramientas de cómo apoyar, nos hemos resignado a callar. El tema de violencia de que el marido viola, golpea o maltrata verbalmente a su esposa en estado de ebriedad y otras cosas que se comparten en el aula con los infantes y madres de familia. Muchas veces se vuelven traumas que se quedan en la cabeza y no nos dejan dormir como profesores. Me he vuelto aliada, amiga y protectora de algunos de estos casos. La mujer en una comunidad de la Montaña de Guerrero siempre ha sido violentada en la alimentación, educación, sustentabilidad, atención médica entre otras. Por ejemplo, si una mujer está por dar a luz la comunidad no tiene acceso a la salud porque la clínica está cerrada. Tendrían que pagar un viaje especial que la lleve al hospital más cercano que está a 3 horas por caminos accidentados. Algunas fueron abandonadas con sus embarazos encima porque sus esposos o parejas se encuentran en los estados del norte, trabajando en los campos agrícolas. En esta comunidad sobresale mucho el machismo y es evidente ver aptitudes y comportamientos de este tipo en infantes. Los adolecentes lo tienen muy arraigado con sus compañeras tanto en la vida cotidiana como en la escuela. En mi salón de clases en distintos momentos hago evidenciar estos sucesos y pongo énfasis en que no es lo correcto para que disminuyan en futuras generaciones. Es una tarea enorme con la que muchas veces no es posible con todo, pero desde mi salón de clases estoy haciendo lo correspondiente para atender las situaciones de violencia y el respeto a la mujer, entre otros que se van presentando en distintos momentos, aunque no sea nuestra tarea, porque a veces nos dicen que nos dediquemos a enseñarles a leer, escribir y de lo demás no nos metamos. No obstante, más allá de las aulas existen problemas sociales que repercuten en la educación de los niños y énfasis en las niñas para generar las condiciones de crear espacios libres de violencia. Share This Previous ArticleEl cuerpo que nos dijeron no nos pertenece Next ArticleUna Montaña de buscadoras y desaparecidas 18 horas ago