CRAC-PF Muerte y desolación en Alcozacán A 13 meses del asesinato de Marco Antonio Suástegui ¿por qué la Fiscalía no ejecuta las órdenes de aprehensión contra los responsables? Ante la grave crisis de seguridad que enfrentamos en la Montaña Baja urgen definiciones políticas claras por parte de los tres niveles de gobierno. Cada nivel debe de involucrarse en la resolución de los problemas que han evidenciado una red de complicidades tejida desde las esferas gubernamentales. La ciudadanía agraviada se siente defraudada por la inoperancia de las autoridades. Demanda mayor compromiso y oficio político de quienes ostentan cargos públicos. Tienen la alta responsabilidad de alcanzar acuerdos duraderos nutridos de visiones plurales pero convergentes. En lugar de obstruir los planes interinstitucionales y manotear en la Mesa de Coordinación, debe prevalecer el bien superior de la gobernabilidad y el Estado de derecho. Las autoridades municipales tienen la obligación de contribuir en este proceso de paz: el eje rector de sus actuaciones deben ser las víctimas que están sufriendo y resistiendo desde el umbral de la muerte. Como gobiernos locales tienen encomiendas específicas y compromisos circunscritos dentro de un marco constitucional que los rige. La gran tarea es fortalecer la Mesa de Coordinación, no con promesas vacuas, ni con posturas facciosas, aisladas o dispersas, sino con acciones virtuosas. Es una coyuntura propicia para diseñar un plan integral de largo alcance en el que participen las comunidades indígenas afectadas, como interlocutores centrales. En estos momentos críticos resulta imperativo recuperar el control territorial, el Estado de derecho, la institucionalidad democrática, la aplicación de la ley como principales estrategias para contener a los grupos delincuenciales que imponen la ley del gatillo, pero que lamentablemente cuentan con la aquiescencia de algunas autoridades municipales. Urge impulsar un programa social que esté operado desde la federación y que tenga una coordinación directa con las comunidades indígenas, como ya lo están haciendo en algunos programas, donde los pueblos se asumen como sujetos de derecho público en lugar de pisotear su dignidad. Los gobiernos locales han tenido grandes oportunidades de impulsar el bienestar de las comunidades, pero han dilapidado recursos, ignorando, dividiendo y hasta agrediendo a las familias más pobres de sus municipios. Los testimonios documentados este fin de semana con la Misión Civil de Observación dan cuenta de la muerte y desolación que priva en la Montaña Baja, principalmente entre las familias desplazadas de Tula, Xicotlán, Acahuehuetlán y Alcozacán. Esta matazón se viene dando desde hace 5 años. Nosotros no sabíamos lo que pasaba, fuimos a Colotepec a rezar un rosario a los difuntos. Supe que desapareció el hijo de una señora de Tula, dice que lo encontraron rumbo a Tlapa, en el monte donde está la antena, en una costalilla, bien rebanado. Lo fueron a levantar y nos pidieron que acompañáramos a ver al difunto, pero no supimos por qué le hicieron eso. Era el hijo del comisario, se llamaba Bartolo. No se enterró en el pueblo, se fue a enterrar a Xicotlán. Desde ese momento las cosas se pusieron feas. En el camino nos avisó un señor de Tula: vienen hombres de noche y se van a meter en sus casas. Lo que hicimos fue correr al monte. Eran las 10 de la noche, vimos muchas lámparas, donde ahora están instalados los guachos. Nosotros nos asustamos, no sabíamos por qué. Nos metimos a nuestras casas y ya no vimos nada. De ahí comenzó todo y empezaron los tiroteos. Mi trabajo lo hago en la casa, en la cocina, barro, preparo el nixcontle, hago tortillas, lavo. Mi esposo se dedica a pastorear. Mis hijos se fueron desde los 17 años, otro se fue a los 14 a trabajar a Sinaloa, ahorita allá andan, siembran y cortan tomate y chile verde. Ahora en mayo hubo varias balaceras. Empezaron el 6 de mayo, tiraban balazos en el cerro que está enfrente de la casa hasta que se oscureció. Ya más noche se detuvieron, pero cuando se hizo de mañana otra vez empezaron a tirar todo el día, jueves, viernes, sábado. Es cuando nosotros salimos. No llevábamos ni lámpara, se nos olvidó del miedo. Yo andaba pastoreando todavía con mis chivos y estaba la balacera. Dije ¿cómo voy a meterme allá con mis chivos? ¿Cómo voy a llegar allá donde duermen? Esperé más noche, pero nunca se detuvo la balacera. Un rato después vi a mi señora que me dijo amarra tus chivos porque esa gente ya viene cerca. Los amarré y nos salimos. Yo me adelanté con mi hermana porque ella no puede caminar. Íbamos despacio, los balazos nos pasaban encima de nuestras cabezas. Nos avisó un muchacho de la Comunitaria, nos dijo ándale tía, córrele, ya vienen en la barranca, ahorita van a llegar. Agarré mi morralito que siempre traigo, no traje ni las actas ni mi credencial ni la tarjeta de Bienestar ni mi ropa. Me vine con la ropa que traía puesta. Así llegamos a Acahuehuetlán, ya no podíamos caminar. Nos caímos con mi hermana, mejor corté una vara para usarla de bastón. Ya nos moríamos de sed y por fin llegamos a la iglesia, ahí había gente orando y ahí nos quedamos a dormir. Nunca habíamos visto algo así, nunca. Sí tiraban, pero lejos. Ahora empezaron a tirar todo el día. Agarraron a un señor de Tula, le agujeraron su mano, pero no murió, se curó. Murió cuando hubo otra balacera. Otro señor de Alcozacán fue a Chilpancingo, los mandaron traer y lo atajaron al entrar a Chilpancingo. Les pegaron a los dos. Da miedo ir a Chilapa nada más vamos a ganar muerte. Me da miedo ir a Chilapa. Muchos señores de aquí ya se perdieron. Todos los que tienen carritos pequeñitos para su familia o para algo, se quedan allá. Yo pregunto por qué el presidente o la presidenta los consiente. A diferencia de lo que dice mi esposa de ya no regresar al pueblo, mi pensamiento es diferente, yo sí quiero regresar a mi casa, porque ahí está mi raíz, mis padres que me criaron y que me dejaron ese lugar para vivir. Quemaron mi casita, era sencilla, de adobe, pero no por eso la voy a dejar. Me duele porque ahí está mi vida y también me costó dinero y mucho sacrificio. En ese tiempo se ganaba unos 20 pesos, pero ya era una importante cantidad de dinero. Con luchas podías completar 100 pesos. ¿Cuánto tiempo tiene que trabajar uno para juntarlos? Por eso digo que aunque mi casa es sencilla, fue muy duro construirla. Compramos la lámina, no recuerdo en ese tiempo cuánto valía, pero era mucho dinero, como 20 pesos o 15 pesos. ¿Por qué ahora esa gente nos está destruyendo nuestra casa? Si nosotros no tenemos ninguna deuda con ellos, no tenemos ningún problema. Por eso voy a luchar para regresar donde estuvo mi casa, porque no tengo a dónde ir. Está bien lo que dice mi esposo, pero yo no quiero ver mi casa porque voy a llorar, me voy a enfermar, y no hay nadie que me vea cuando esté enferma, no hay quien haga mi tortilla, por eso yo mejor me quiero ir con mis hijos. Necesitamos estar juntos Ana María, porque estamos solos, ya todos se fueron de Tula. Nuestros pollitos, nuestras gallinitas están abandonados y ellos nos esperan. Tenía 26 chivos, pero ayer que fui a verlos 4 estaban muertos. Pobres animalitos. Quise tener animalitos porque ya nadie me alquila para trabajar, entonces cuando necesitemos un dinerito podemos vender los animalitos. Pero con esto tuvimos que abandonarlos. ¿Con quién nos vamos a dirigir si mañana o pasado me enfermo, quién va a hacer tu tortilla? Si tú te enfermas ¿cómo te voy a llevar al médico? Ya me ha pasado, te enfermaste y te llevé a Chilapa, pero para de malas te caíste se cayó en el baño. Por eso lloro, porque estoy sola, como si no tuviéramos hijos. No sé dónde podríamos vivir porque aquí no tenemos terreno, estamos en lo ajeno. Nuestros hijos nos están llamando, pero tú quieres que regresamos a nuestra casa, pero ya no hay nada. El día que empezaron los balazos ni me di cuenta. Fui a Chilapa y me subí en la Urvan de Hueycantenango, éramos cuatro señoras. Al entrar a Atzacoaloya salieron unos militares que pararon el carro. Le pusieron un cuerno de chivo al chofer y lo llevaron adelante del carro. Tuve miedo, rezaba a Dios. Soltaron al chofer, se adelantaron y luego regresaron a tomarnos fotos a las cuatro señoras y al carro. Pensé que los iba a encontrar otra vez y que ya no volveríamos a nuestras casas. Llegué a las 12 del día, me senté y le dije a mi hermana que iba a tejer mi servilleta. Empecé a bordar. Más tarde comenzó la balacera. Pero ya había hecho mi tortilla, mi comida y mi esposo ya casi iba a llegar. Nos metimos y llamé a mi esposo. Lo único que hice fue rezar ¡Ay Dios mío, ni modo! ¡Tú estás en la cruz y nosotros aquí sufriendo! Ya no aguantamos, lloramos, nos ponemos tristes por estar pasando esas cosas. Estaban las balaceras, pero por los comunitarios no entraron. Luego siguieron más fuertes los balazos y mejor nos salimos. Yo no los vi, oí decir a la gente que esos que venían tirando estaban uniformados como militares, pero que no traían escudo y todos llevaban gorras. Se veían iguales que estos militares por eso ya les tengo desconfianza. Los del gobierno están comiendo bien, viven contentos. Y nosotros aquí con espanto. Por eso ahorita ya no queremos que nos vengan a prometer con sus campañas. Está bien que nos ayuden, pero queremos que cuiden a la gente, que no sigan engañándonos. Siento mucha tristeza porque además de que sufrimos por tanta pobreza ahora nos corren de nuestra tierra y amenazan con matarnos. Lo más triste es que los del gobierno no se ponen de acuerdo y hasta los presidentes municipales ya dijeron que se van a retirar de las reuniones. Se me hace que no quieren que las cosas cambien porque apoyan a la gente mala. Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan Share This Previous ArticleALERTA URGENTE DE LA MISIÓN CIVIL DE OBSERVACIÓN QUE SE DIRIGE A LA MONTAÑA BAJA DE GUERRERO No Newer Articles 23 minutos ago