Nota Informativa Niñas y niños jornaleros, los olvidados del 30 de abril En los campos agrícolas de Nayarit el ruido de los camiones pasa desapercibido para las niñas y niños que permanecen en los surcos de tomate de cáscara o tomatillo. Sus voces salen de entre las plantaciones y su eco viaja con el viento por una brecha que divide la siembra contigua que se extiende hasta los árboles en la lejanía. Bajo el cielo azul quienes les va mejor se cubren con sombrillas de los fuertes rayos del sol, algunos sólo con sus playeras soportan el calor mirando entretenidos el basto campo y otros pelean para pasar el tiempo. A 20 metros, en la periferia del terreno, hay un niño de 10 años con una sudadera gris y pantalón negro de mezclilla, y una niña de 11 años viste de rojo, tiene un pañuelo morado en el rostro y gorra negra. Sus manos diestras cierran el costal (arpilla) de tomatillo con un tejido especial. En menos de 30 segundos la niña termina y toma su cubeta de 20 litros para seguir en el corte. Al fondo un niño con playera de manga larga azul sigue cortando los mejores tomates en cuclillas. Cuatro surcos abajo una niña encorbada mueve sus manos con mucha rapidez. Muchos más están con sus papás y mamás adentro del verdoso campo. En la Montaña de Guerrero los campos describen el olvido y el abandono. Pareciera que nacieron condenados a cargar con la cruz del sufrimiento, el hambre, la discriminación y sin servicios de salud. Los juegos que se inventan tienen que ver con el trabajo del campo. Juegan con los perros flacos a la yunta. Las oportunidades para estudiar se vuelven sueños rotos porque no hay maestras y maestros. Sus únicas esperanzas para sobrevivir están en los campos agrícolas. De acuerdo con el registro de enero al 23 de abril de 2026 migraron 2 mil 251 jornaleros y jornaleras, mil 109 mujeres y mil 142 hombres; 370 son niñas y niños de 0 a 5 años, 258 tienen entre 6 y 11 años, y de 12 a 17 años suman 351. La mayoría son na savi, luego me’phaa, nahuas y en menor medida mestizos. Cochoapa el Grande, el municipio más pobre de México, es el que tiene el número más grande de niños y niñas migrantes con 277, le sigue Copanatoyac con 157, Tlapa con 150, Metlatónoc con 107, Alcozauca con 70, Atlamajalcingo del Monte con 62, Tlalixtaquilla 36, Atlixtac 29, Zapotitlán Tablas 18, Acatepec 13, Xalpatláhuac y Huamuxtitlán 6 cada uno, Malinaltepec y Tlacoapa 3 cada uno, mientras que de Alpoyeca solo fueron 2. La mayoría de niñas y niños llegó a Michoacán; otros se fueron a Sinaloa a 17 campos agrícolas, Chihuahua a 17 campos, Baja California a 7, San Luis Potosí 3, Sonora a 5, Jalisco a 5, Zacatecas y Nayarit 3 cada uno, a Querétaro se fueron al campo San Juan del Río y a Colima al campo Cerro Cortejo. Lo alarmante es que de 979 niñas, niños y adolescentes que migraron a los campos de la explotación de enero al 23 de abril de 2026, 382 no cursan la escuela y no tienen estudios porque sin excepción sus padres no tienen dinero y en varias comunidades las escuelas están cerradas, en otras no hay docentes; 112 con mucho esfuerzo lograron entrar al preescolar; 398 pasaron por la primaria, pero no la terminan y sólo 80 estudian algún grado de la secundaria. Decenas de niñas y niños quedan fuera de los registros que realiza el Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña porque se van por su cuenta, es decir, que no hay contrato hablado con las empresas. Viajan de 2 a 3 días en las camionetas destartaladas que con mucho trabajo compran sus padres. No sólo se enfentan a las inclemencias del tiempo, sino a las detenciones de los tránsitos y los asaltos de los grupos de la delicuencia organizada. Cuando llegan a los campos agrícolas es otro infierno. En algunas agroindustrias les ofrecen galeras para guarecerse. A la hora del jornal a las y los recién nacidos los dejan en las guarderías. Los más grandecitos van a la escuela. Sin embargo, no pasa con todas las empresas y menos en las “rancherías”, donde las familias tienen que rentar. Ahí no hay guarderías. Las niñas y niños tienen que permanecer en los surcos, hasta los recién nacidos. Los que tienen 7 hasta 10 años empiezan ayudar a sus padres para ganarse unos pesos más. El tiempo vale oro en cualquier corte. En la cosecha de tomatillo la arpilla la pagan a 40 pesos el primer corte y 50 pesos el segundo corte. El trabajo es por destajo. Los más diestros y adultos cosechan hasta 60 botes, pero regularmente es entre 10 y 12 arpillas. Los niños y niñas van a su ritmo. Desde las 7 de la mañana a las 5 de la tarde. En los surcos con las enredaderas verdes sobresalen las arpillas con tomatillo. A un metro una niña de un año y medio hace malabares con las pequeñas ramas de tomate que pasan en su rostro cuando el aire las mueve de un lado a otro. Más arriba unos niños desparramados en la tierra tratan de conciliar el sueño, pero no pueden porque una niña de 4 años no deja de mover una sonaja para que su hermanita recién nacida no llore. En enero se fueron más de 150 niñas y niños, integrados en 10 cuadrillas, a los campos de tomatillo de Nayarit y Jalisco. En este día del niño nadie los regresó a ver. Trataron de jugar con las varas que encontraron a su paso, los plásticos y los terrones de tierra. El único regalo es la sombra que pueden conseguir mientras sus padres y los hermanos se parten la espalda para ganar un peso más. Share This Previous ArticleLas batallas por la verdad y la justicia No Newer Articles 6 horas ago