Marco Antonio Suástegui Las batallas por la verdad y la justicia En memoria del maestro Sócrates Hernández Lozano, compañero combativo por la defensa de los derechos de los trabajadores de la UPN-121. En la 139 Acción Global por Ayotzinapa, las madres y padres de los 43 normalistas desaparecidos realizaron este domingo la marcha y el mitin en el Hemiciclo a Juárez. Don Emiliano Navarrete, padre de José Ángel, señaló que el Ejército mexicano se ha encargado de obstruir el camino para encontrar a sus hijos. “A pesar de que el gobierno tiene la suficiente tecnología para localizar a las personas desaparecidas, se empeña es hacer más cruento nuestro sufrimiento. “El gobierno no ha querido decirnos dónde dejaron a nuestros hijos. Ellos tienen toda la tecnología militar para hacer búsquedas en cualquier rincón del país, pero no tienen voluntad política para hacerlo. Cuentan con los servicios de inteligencia para ubicar a las personas que no aparecen, sin embargo, la situación se ha complicado porque varias autoridades están involucradas en estas desapariciones. “Existe una Fiscalía Especializada para el caso de nuestros hijos dentro de la Fiscalía General de la República, pero solo se mueve por órdenes de la presidenta. Esa es la maldita realidad. ¿Qué podemos hacer como personas, como padres, como ciudadanos que estamos exigiendo justicia, que exigimos verdad y que diariamente buscamos a nuestros hijos? “Nadie me puede arrebatar el derecho para saber dónde está mi hijo y dónde están sus demás compañeros. La presidenta tiene que interceder como jefa suprema del Ejército mexicano para que la Sedena entregue los folios que faltan, como ya lo ordenó un tribunal. “En el mes de noviembre le dijimos a la presidenta que nuestra principal prioridad es que venga algún experto para que nos ayude a encontrar a nuestros hijos. No hemos podido avanzar con la Covaj y vemos que más bien están siguiendo líneas de investigación que trabajó el gobierno de Peña Nieto. Por eso nos llevaron al rancho del Gil y a las funerarias de Iguala para preparar el terreno de que ahí hay restos de nuestros hijos. Por eso nos comentaron que habían encontrado una bolsa con restos del 2014. “Ya no queremos más mentiras, ni que nos anden llevando a lugares que ya investigó el GIEI, por eso estamos a la espera de una respuesta de la presidenta, sin embargo, vemos que no le interesa porque este 27 de abril cumplimos 5 meses sin tener una respuesta positiva o negativa. Estamos aquí en la ciudad marchando por nuestros hijos y exigiendo que se atienda nuestro planteamiento. No vamos a doblegarnos a pesar de que el tiempo se alarga y complica nuestra existencia. Una cuestión tenemos bien clara: nunca dejaremos de buscar a nuestros hijos. Lucharemos hasta el último minuto que nos quede de vida. El amor por ellos es infinito, no tiene caducidad. Nuestro amor es el alimento diario, no se acaba, es eterno”. Dos días antes, una representación de padres y madres de los 43 normalistas se solidarizó con el Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a la Presa La Parota (Cecop) que marchó en la capital del estado al lado de varias organizaciones solidarias, para exigir al fiscal general que acelere las investigaciones, pero sobre todo, que ejerza acción penal contra los autores materiales e intelectuales del cobarde asesinato de Marco Antonio Suástegui. La presencia de las madres y padres estrechó los lazos con sus familiares que se sintieron reconfortados por este sentido de hermandad. Marco Antonio en varias ocasiones participó en las marchas de Chilpancingo, visitó a las madres y padres en la Normal y en Acapulco irrumpió con su machete en las instalaciones de la Marina al lado de las madres y padres para denunciar la colusión que hubo de varias instituciones en la desaparición de sus hijos. Esos momentos densos de la lucha son los que robustecen la resistencia y visibilizan las tropelías y complicidades de las autoridades con el crimen organizado. La gente mayor de Cacahuatepec recuerda que Marco Antonio era un remolino en la arena, siempre juguetón y dicharachero. Se revolcaban en la tierra y cuando se cansaba corría entre las piedras para ir a nadar en las aguas semi tranquilas de río Papagayo. En esos años la única salida para no sentir los estragos de la pobreza y del hambre estaba el chapuzón. A la altura de El Fraile había una piedra grande y una poza donde se lanzaba clavados. Unos metros abajo estaba el paso para que la gente cruzara. Era una algarabía para Marco Antonio y sus compañeros de la escuela cuando algún papá les compraba una pelota para jugar futbol en la arena. Las patadas en muchas ocasiones ya no eran para la pelota sino contra el rival, terminando el juego en batallas campales. En ese tiempo no había luz en Cacahuatepec, el candil se usaba para hacer las tareas, las velas eran un lujo. Marco Antonio terminó la primaria en su pueblo, para que no dejara el estudio unas tías se lo llevaron a Acapulco. Ahí se abrió paso, tuvo que hacer mandados en el mercado y ayudaba a las personas para cargar sus compras. Así se ganó sus primeros centavos. Con mucho trabajo terminó sus estudios de Arquitectura. En el 2003 cuando el gobierno quería hacer la presa La Parota los principales del pueblo lo buscaron para que les ayudara. No titubeó para incorporarse a un incipiente movimiento para defender sus tierras. En El Fraile habían instalado un plantón para no dejar pasar las maquinarias de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) que estaba construyendo la cortina de la presa. Con la conformación del Cecop la lucha por la defensa de las tierras fue dura. Mujeres y hombres con sus machetes y palos encararon a los gobiernos y a la policía estatal. Doña Rocío de 75 años fue pieza clave en la lucha por el territorio: “Fui a una reunión y esa vez había ido gente de San Antonio, Vereda, Amatillo, Aguacaliente y otras comunidades. Nos empezaron a echar más lumbre porque vieron que iba duro y no pudieron agarrar nada. Venían a ofrecer dinero para que vendiéramos nuestras tierras; decían que íbamos a tener beneficios, iban a meter el agua. Algunos aceptaron el dinero, pero nosotros seguimos. Nos mandaron judiciales, pero nunca tuvimos miedo. Estuvimos en La Concepción tres años en plantón. “Marco Antonio sufrió la persecución, pero siguió adelante al lado de las comunidades de los bienes comunales de Cacahuatepec. Lo encarcelaron y cuando salió creó un grupo de la Policía Comunitaria. Sin embargo, lo querían, lo buscaban y lo echaron preso nuevamente en Nayarit. Exigimos su libertad sin importar si comíamos o no. Marco nunca se vendió, al contrario, acompañó al subcomandante Marcos cuando nos visitó en Aguacaliente. Zeferino Torreblanca y Félix Salgado Macedonio nunca hicieron nada a favor de los pueblos. ¿Vea cómo estamos? Nos querían quitar la tierra. Marco tuvo el valor de enfrentar a los gobiernos. Dijimos todos en una asamblea que no queríamos la presa y también le ganamos al gobierno en los tribunales, porque siempre fueron tramposos y mentirosos. “Marco Antonio no se arredró. Cuando Vicente fue desaparecido por hombres armados reclamó a la Fiscalía General del Estado de Guerrero y al Ejecutivo estatal para que le entregaran con vida a su hermano”. Las amenazas se incrementaron. Pilar recuerda que el último domingo de Marco Antonio comió un plato de pozole con Guadalupe, conocido como Lupillo e integrantes de Cooperación Comunitaria. Tomó agua fresca de limón y jamaica. Estaba contento y nos hizo reír con sus comentarios en la mesa. Recuerdo su risa que nunca voy a olvidar. A veces venía triste y nos contaba que tenía amenazas. Nunca imaginamos que al siguiente domingo estaría luchando por su vida”. José Luis de la comunidad de El Cantón conoció por primera vez a Marco en una reunión en El Campanario. “Su voz hacía temblar la tierra. Nos daba ánimos. Fue un ejemplo para defender nuestro territorio, cuidar el medio ambiente, el río y el agua. Era valiente y no tenía miedo de incomodar al gobierno, pero por eso decidieron asesinarlo”. Para los comuneros y comuneras de Cacahuatepec, Marco Antonio le dio vida a las comunidades porque las autoridades las tienen abandonadas. Llevó proyectos a través de las organizaciones de derechos humanos. No sólo luchó por la tierra, también por el río Papagayo contra las empresas gravilleras que saquean minerales pétreos, buscó viviendas para las familias después de los huracanes Otis y John. No descansó. En las playas de Acapulco enfrentó a los delincuentes que querían cobrarle cuota en su espacio donde rentaba motos acuáticas. “Nos cuesta asimilar su muerte. Escuchamos sus voces y en las noches lo soñamos que nos dice: cualquier cosa que necesiten los voy apoyar. En sus sueños se despide. La tristeza es colectiva, pero también el coraje y la impotencia porque la Fiscalía de Guerrero no ha dado justicia y no ha detenido a los responsables. Lo queríamos mucho porque fue un gran hombre que gracias a él no se llevó a cabo la construcción de la presa La Parota. Dio su vida por la tierra y por el río Papagayo, donde nadaba de niño”. Este 25 de abril se cumplió un año del asesinato de Marco Antonio. Hombres y mujeres portando sus machetes lo recordaron. Algunas le lloraron a su líder. Lo recordaban con su sombrero negro y su machete en lo alto. Frente a las fotografías de Marco le hablaron con el corazón herido, pero con ese temperamento bravío. Lo mataron, pero su espíritu vive, vamos a seguir luchando defendiendo nuestras tierras y nuestro río, como lo hizo nuestro líder. Seguiremos yendo a Chilpancingo hasta que detengan a los asesinos. Las batallas por la verdad y la justicia seguirán vivas y vibrantes con la gente que tiene dignidad y memoria. Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan Share This Previous ArticleMarco Antonio: el de la palabra de agua embravecida No Newer Articles 9 horas ago